Sergio se queda: cuando la revolución pasa por la sala y el living se mezcla con la calle
La historia de un escritor que no se va a Miami y atraviesa la Revolución Cubana sirve de pretexto a Tomás Gutiérrez Alea para cruzar drama íntimo, noticieros y recuerdos en una de las piezas clave del Tercer Cine latinoamericano.

Lo confieso de entrada: la primera vez que vi Memorias del subdesarrollo no entendí bien qué me estaba pasando. Uno espera una película y de pronto le meten un noticiero de 1962, con un locutor de bigote finito hablando de la Crisis de los Misiles, como si el living del protagonista se hubiera abierto a la calle de un hondazo. Eso, justamente, es lo que la vuelve una película imposible de encasillar y por eso hay que volver a verla cada tanto.
Vuelvo a la escena de arranque: La Habana, una familia armando valijas, un taxi en la puerta y Sergio, el dueño de casa, decidiendo que él se queda. No por valentía, no por convicción ideológica, casi por hartazgo. Es un escritor acostumbrado a la vida cómoda, un tipo que mira la Revolución Cubana como quien mira una obra de teatro que no le termina de cerrar. La madre y la hermana se van a Miami; él, mientras tanto, elige quedarse y empezar de nuevo entre las baldosas de un país que se está transformando sin pedirle permiso.
Y acá aparece el primer movimiento de Tomás Gutiérrez Alea, el director cubano: usar a Sergio como hilo de Ariadna para entrar y salir del personaje sin pedir permiso. Porque la película no avanza de manera prolija, de izquierda a derecha de la pantalla. Avanza a los saltos, con flashbacks que vuelven a la infancia del protagonista y con imágenes de archivo que vienen a recordarnos que, mientras Sergio toma café en su departamento, afuera están pasando cosas grandes, históricas, de esas que mueven el mapa.
El Tercer Cine como telén de fondo
Acá conviene hacer una pausa (y no me da culpa, ya lo saben). Memorias del subdesarrollo se inscribe en lo que se llamó el Tercer Cine, una corriente con fuerte presencia en América Latina que buscaba otra forma de producir y de contar, frente al modelo comercial de Hollywood y frente a cierto cine de autor europeo que miraba para adentro. La idea era simple y ambiciosa a la vez: cámaras más baratas, película más accesible y libertad creativa para mezclar experimentación estética con los temas sociales y políticos del continente.
Cuba fue uno de los epicentros de ese movimiento, y Alea es uno de sus nombres mayores. En esta película se nota: la revolución no aparece como un discurso solemne, sino como un clima que se respira en la ropa, en los muebles, en los modos de hablar. La diferencia de clases aparece en la relación de Sergio con el país que cambia y, también, en sus vínculos íntimos, que son casi un segundo régimen dentro de la película.
“Cuando el que se queda es el escritor y los que se van son todos los demás, lo que queda en cuadro no es una familia: es un diagnóstico.”Leer entre tomas
Mujeres, lecturas y un Sergio que quiere mold
Volvamos al material documental, porque ese es otro de los grandes hallazgos de Alea. Mezcla ficción con imágenes de archivo de manera fluida: nos vemos en el living de Sergio y, de pronto, un corte nos planta en un acto oficial, en un desfile, en un informativo. Esa costura hace dos cosas a la vez: corre al protagonista del centro de la escena y le devuelve al contexto histórico la dimensión colectiva que una historia íntima sola no puede sostener. La película, sin gritarla, le devuelve la calle al relato.
Y esa pregunta que queda flotando al final del material de base es justamente la que más me interesa como espectador: qué le aporta a una película de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales. Mi respuesta, después de dos visionados y varios cafés: le aporta memoria y le quita soberbia. Obliga al espectador a salir de la burbuja del personaje y lo planta en la línea de tiempo donde pasan cosas que no dependen de un guionista. En el caso de Memorias del subdesarrollo, además, le devuelve el espesor histórico a una Cuba que, en la ficción pura, se hubiera quedado en decorado.
Copla prestada para cerrar, que alguna vez hay que meterle gauchesco al asunto: 'Yo no canto porque sé / canto porque a veces siento'. Alea canta con archivo, con ficción y con un escritor que no se quiere ir. Y le sale una de las películas más lúcidas del cine latinoamericano del siglo pasado.
Para ver o escuchar este fin de semana: si todavía no la vieron, Memorias del subdesarrollo está disponible en plataformas de streaming y bien merece una función con el teléfono lejos. Si ya la vieron, la buena noticia es que mejora con los años, como los buenos vinos y las discusiones en la mesa después de la medianoche.
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