Quince de octubre, el dulce de membrillo en la mochila y la pregunta del millón: cuánto hace falta correr bien alimentado
Un repaso por lo que dicen los especialistas en nutrición deportiva sobre las porciones, los líquidos y los tiempos de digestión, de cara a quienes salen a rodar varias horas y quieren sumar un clásico argentino sin pasar el estómago.

Lo conocí a Rubén en un encuentro de corredores en La Plata, un hombre al que sus compañeros ya le decían el Chaqueño, no por su lugar de origen sino por la costumbre de cargar un tupper con dulce de membrillo —ese que en la zona también llaman "quince", por los membrillos que entran en la olla— cada vez que se calzaba las zapatillas para rodar más de dos horas seguidas por el camino Centenario, una vía que bordea el río y que los runteros usan como Training, esto es, entrenamiento controlado, para preparar medias maratones. Lo traía cortado en cubitos, envuelto en film, y lo iba comiendo de a pedacitos mientras corría, como si fueran geles artesanales. Lo que el Chaqueño no terminaba de resolver, y lo contaba con esa honestidad que solo aparece cuando uno comparte una;nguna; larga con alguien, era la duda más simple: ¿cuánta energía real le estaba dando cada trozo? ¿y si esa golosina criolla le estaba jugando una mala pasada en el estómago cuando el esfuerzo se estiraba?
El problema de medir a ojo
Resulta que, según repasé con nutricionistas deportivos y con la lectura de guías internacionales, ese es justo el nudo del asunto: los geles y las barritas comerciales detallan en la etiqueta cuántos carbohidratos aportan por unidad —algo así como el combustible rápido para los músculos—, y eso permite sumar de a decenas de gramos por hora sin mayores sobresaltos. En cambio, el dulce de membrillo —una pasta de pulpa de membrillo, el Seudónimo con el que se conoce en Buenos Aires a la pasta de membrillo, muy nuestra, muy de la sobremesa familiar—, cuando se compra en casas de alimentación o se prepara en casa, rara vez trae ese dato desglosado. Y aun cuando figure, depende de la receta: hay cocciones más largas, más azúcar, más tiempo de hervor, y la concentración cambia. Entonces el pedacito que el Chaqueño elegía a ojo podía equivaler a medio gel o a uno y medio, sin que nadie lo supiera con certeza.
Lo que marcan las guías y cuánto se recomienda
- Para carreras de más de una hora, la Sociedad Internacional de Nutrición Deportiva sugiere un piso de 30 a 60 gramos de carbohidratos por hora, con ajustes individuales según la tolerancia intestinal, el nivel de exigencia y la temperatura ambiente.
- La Asociación Dietética Británica coincide en que sumar carbohidratos mejora el rendimiento cuando el ejercicio intenso pasa la hora, sin que sea necesario superar cierta cantidad máxima, porque cada organismo tiene un techo distinto.
- La fibra y las grasas presentes en mezclas caseras con avena o frutos secos pueden hacer más lenta la digestión y provocar molestias cuando uno está corriendo, por lo que conviene probar tolerancia en entrenamientos, no en la carrera.
- Pasada la sesión, la reposición es solo una parte: sumar proteínas, líquidos y minerales, además de carbohidratos, según el esfuerzo realizado y el tiempo hasta la próxima salida, marca la diferencia entre recuperarse o quedar con piernas de plomo.
La conclusión que dejó el Chaqueño, después de anotarse en una planilla los gramos de azúcar que tenía el membrillo que él mismo cocinaba en la casa de su vieja —porque esa tarde lo compartió con ella en el patio, mientras ella le explicaba cómo hacer la cocción lenta para que no se corte, esa transferencia de saberes que en las comunidades del conurbano se da de generación en generación, de mate en mate— fue cambiar el chip: en lugar de comer a ojo, empezó a pesarlo en una balanza de cocina. Así sabía que cada veinte gramos le daban unos doce gramos de carbohidratos, y que en dos horas debía sumar entre 60 y 90 como mínimo, repartidos en cuatro o cinco tomas. Lo que le sobraba en el tupper lo reservaba para la merienda post entrenamiento, junto con un vaso grande de agua y una banana, una combinación que su cuerpo ya tenía probada y que le cerraba el círculo sin malestares estomacales ni bajones de glucemia, que es cuando el nivel de azúcar en sangre cae y el corredor siente que se le aflojan las piernas.
Lo que el dulce no resuelve y la comunidad pide a quienes lo recomiendan
Aquí aparece lo que el Chaqueño, como tantos corredores autoconvocados que se nuclean en grupos de entrenamiento barriales —un entramado de el vínculo entre vecinos que se juntan a correr antes del amanecer, sin sponsors ni entrenadores pagos, solo con la motivación de cuidarse y compartir kilómetros— vienen pidiendo a las marcas, a los nutricionistas y a los organismos deportivos: que la etiqueta del dulce de membrillo industrial, y también la recomendación de quienes asesoran, incluya la cantidad de carbohidratos por porción estandarizada. Y que las guías deportivas, tanto locales como las que vienen del exterior, contemplen los alimentos tradicionales de la mesa argentina al hablar de combustible para correr, en lugar de mencionar solo geles importados que cuestan una fortuna y se consiguen en cadenas específicas. Para ellos, acceder a información clara de un producto de la cultura criolla no debería ser un trabajo extra; tendría que estar tan a mano como la receta de la abuela, esa que la mama del Chaqueño guarda como oro en polvo y que cada quince de octubre, cuando los miembros del grupo se encuentran para correr bajo el sol de la primavera austral, alguien recita de memoria mientras reparten los tupperes solidarios, esa ronda que —a mi entender— resume lo mejor de correr en comunidad: cuidarse juntos sin perder de vista de dónde venimos ni qué comimos toda la vida.
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