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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Diario Quebrada

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La chica de la aguja: el parto de la miseria contado en blanco y negro

Magnus von Horn convierte un caso criminal real de la Copenhague de posguerra en una radiografía de la pobreza y la maternidad, con Trine Dyrholm como una mujer que ofrece soluciones que huelen a tragedia.

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Iván AramayoCultura y patrimonio · · 3 min de lectura
La chica de la aguja: el parto de la miseria contado en blanco y negro

Vayan a un cine, miren la butaca de al lado y van a ver a alguien con cara de Copenhague 1919: ojeras largas, abrigo gastado, panza de hambre. Eso mismo parece haber pensado Magnus von Horn cuando decidió rodar en blanco y negro La chica de la aguja, ese film que llegó a las salas argentinas este año y que a mí, ya lo aclaro, me dejó con la garganta seca y una molestia en el pecho que no se va con agua.

Un crimen real contado como tragedia social

La película parte de un caso criminal que sacudió a la capital danesa después de la Gran Guerra. Von Horn se aleja del policial clásico y entra de lleno en el drama: lo que le interesa no es tanto quién mató a quién, sino por qué una mujer con la pancha llena de hijos de llega a matar. (Ojo: la pregunta la pongo yo, porque el director la va dosificando como quien suelta miguitas en un bosque oscuro.)

La ambientación es áspera: calles de adoquín, fábricas que echan humo, casas donde la calefacción es un lujo de otro siglo. La fotografía en blanco y negro no es un capricho de festival: le saca el color a la vida de sus personajes y les dibuja un mundo sin margen, donde elegir es un privilegio que no todos tienen.

Karoline, Dagmar y la maternidad como campo minado

En ese escenario aparece Karoline, una trabajadora embarazada que no llega a fin de mes ni con imaginación. Hasta que toca su puerta Dagmar, interpretada por Trine Dyrholm con una calma que ya quisiera yo para mis lunes: se presenta como una suerte de intermediaria que encuentra familias para bebés de madres que no pueden criarlos. La propuesta parece un salvavidas, pero claro, esto no es un cuento de hadas sino una película de un director sueco-polaco filmada en Dinamarca con un guion que no regala nada.

El vínculo entre las dos mujeres sostiene la película entera. Yo lo miraba y pensaba en eso que decía mi abuela: «No todo lo que brilla es oro, pero a veces brilla porque viene de una mina». La confianza se va construyendo como un puente colgante: un paso en falso y se cae todo al río de la sospecha. Y acá aparece el gran acierto de Dyrholm: su Dagmar no es mala de película de villanos, es una sobreviviente que tomó decisiones que uno no sabe si banca o condena. Esa ambigüedad es lo que vuelve incómoda a la película, y por eso funciona.

La pregunta que deja la película

Porque el caso criminal está, sí, pero Von Horn lo usa como puerta de entrada a un tema más grande: qué libertad tiene una persona cuando le faltan recursos, trabajo, redes, Estado. Karoline y Dagmar viven en una Copenhague real, histórica, documentada, y aun así cuesta mirarlas como personajes de un siglo pasado. (Lean cualquier diario de hoy y van a encontrar la misma foto en otra ciudad.)

Qué ir a ver este fin de semana

Si este finde les pinta cine, anótenla: La chica de la aguja funciona como drama, como suspenso lento y como retrato social sin golpes bajos. No es una peli para esperar acción: es para sentarse, dejarse llevar por el blanco y negro, y salir pensando. Si están en Buenos Aires, busquen en los complejos donde programan cine europeo; si andan por el interior, ojo con la función: suele ir a salas de arte y a ciclos. Y un consejo de Iván: lleven pañuelo, van a necesitar. A mí, ya les digo, me dejó hecho un trapo.

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Iván AramayoCultura y patrimonio

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