Diez cuadras de fila por cuarenta puestos: la postal del trabajo en el conurbano
Una distribuidora de Ezeiza abrió búsquedas para cubrir unas cuarenta vacantes y fue desbordada por postulantes que llegaron durante la madrugada. El episodio vuelve a poner en primer plano la precariedad que golpea al sur del conurbano bonaerense, donde las cifras del INDEC confirman que casi la mitad de los puestos del país siguen sin registro formal.

A cuatrocientos metros de la ruta 58, en pleno corazón industrial de Ezeiza, la distribuidora Cabaña Santa Marta había difundido por Instagram y Facebook una convocatoria que en principio parecía modesta: alrededor de cuarenta vacantes para tareas de depósito, logística y comercialización en la planta que la firma posee sobre la calle Reconquista al 654, en el sur del conurbano bonaerense. Lo que terminó ocurriendo el martes por la mañana desbordó cualquier cálculo razonable, porque antes de las ocho —la hora señalada para el inicio de las entrevistas— ya se extendía una fila de postulantes que superaba las diez cuadras y que se había empezado a formar durante la propia madrugada, con jóvenes que llegaron desde Tristán Suárez, El Jagüel, Luis Guillón, Carlos Spegazzini y Esteban Echevercía con la ilusión de quedarse con alguno de los cupos ofrecidos por la empresa, según relataron los propios aspirantes a este medio.
La escena condensa, sin maquillaje, el estado de situación que describen los datos oficiales del segundo trimestre de 2026, divulgados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, que ubican la informalidad laboral en niveles cercanos al cincuenta por ciento de los puestos de trabajo del país: casi uno de cada dos ocupados carece de un contrato registrado, lo que significa que no aporta al sistema previsional, no cuenta con aguinaldo, no accede a una obra social contributiva y queda expuesto a la volatilidad de los ingresos en negro. Esa fotografía es la que se tradujo en una hilera humana de más de diez cuadras, con familias enteras acercándose con currículums impresos y fotocopias de documentos, en muchos casos completadas durante la propia espera porque la convocatoria original había pedido un formulario digital que no todos podían cargar desde sus teléfonos prepagos.
Una convocatoria que se viralizó y desbordó
La firma había anunciado que abriría la atención al público a partir de las ocho de la mañana en Reconquista 654, con el requisito de llevar currículum impreso, documento de identidad y el formulario online disponible en su página, y aclaró después que entregaría copias en papel durante la cola para que nadie quedara afuera del proceso. La combinación de esa advertencia tardía y la masividad de la difusión en redes sociales fue la que explica, según reconstruyeron los propios postulantes, por qué la fila llevaba horas de demora cuando todavía faltaba un buen rato para que se abrieran las puertas: muchos dijeron haberse enterado por Instagram y Facebook, se acercaron con un amigo o un familiar para hacer más llevadera la espera, y apenas pasadas las siete ya calculaban que el ritmo de entrevistas iba a impedirles llegar a ventanilla antes del mediodía.
- Cuarenta vacantes convocadas por la distribuidora Cabaña Santa Marta en su planta de Reconquista 654, Ezeiza.
- Fila inicial de más de diez cuadras antes de las ocho de la mañana, con postulantes que habían llegado durante la madrugada.
- Aspirantes provenientes de Tristán Suárez, El Jagüel, Luis Guillón, Carlos Spegazzini y Esteban Echeverría.
- Perfiles jóvenes de 18, 19 y 20 años en busca de su primer empleo formal, junto a trabajadores con experiencia informal en comercio, construcción y gastronomía.
- INDEC: la informalidad ronda el cincuenta por ciento de los puestos del país en el segundo trimestre de 2026.
Voces de la cola
“Más que nada si no tenés el secundario completo o estás cursando, te cuesta encontrar la primera oportunidad en blanco.”Postulante de 18 años con experiencia previa en construcción, cocina y mecánica
Entre quienes aguardaron en la hilera hubo un mosaico de situaciones que retrata con crudeza el menú de la precariedad en el sur del conurbano. Una joven que actualmente cursa la carrera de enfermería dijo que necesitaba un ingreso formal para poder sostener el ritmo de la cursada, porque los trabajos esporádicos que había conseguido hasta ahora le permitían apenas pagar el colectivo y algún material de estudio. Un chico de dieciocho años, que ya había pasado por la construcción, por la cocina de un restaurante y por un taller mecánico, explicó que la convocatoria le resultaba atractiva justamente porque no exigía secundario completo, una barrera que suele dejarlo afuera de los avisos mejor pagos, y agregó que esperaba conseguir "la primera oportunidad en blanco", esa categoría casi mítica en el vocabulario de los pibes de Ezeiza y alrededores.
“Estoy trabajando igual, pero quiero algo más estable, que te permita proyectar.”Hombre de 41 años que ya contaba con un empleo
El fenómeno no fue exclusividad de los más chicos. Un hombre de cuarenta y un años, que ya contaba con un trabajo, admitió estar en la cola porque buscaba "algo más estable, que te permita proyectar", en sus propias palabras, una definición que vuelve a poner en escena la distancia sideral que existe entre un empleo registrado y un puesto precario, incluso cuando ambos pagan parecido. Una mujer con más de seis años de trabajo no registrado dijo que cobra alrededor de 600.000 pesos mensuales, que paga la cobertura médica de su propio bolsillo y que ese ingreso apenas le alcanza para cubrir servicios, alimentos y los gastos del hogar, por lo que su expectativa concreta era acceder a un empleo formal que le permitiera soñar con un alquiler propio y dejar de depender de la ayuda familiar. En la misma línea, un postulante de dieciocho años calculó que necesitaría cerca de 1.200.000 pesos mensuales para tener "mayor autonomía", mientras que otros mencionaron el salario mínimo vital y móvil o un monto apenas superior como referencia de salida, una franja que se mueve muy por debajo de la canasta básica total que difundió el propio INDEC en su último relevamiento.
Acá arriba, en este rincón del conurbano que mira al Río de la Plata y al mismo tiempo se siente arrinconado por la falta de inversión privada en infraestructura, la postal de una fila de diez cuadras por cuarenta puestos resume el estado de situación de todo un cordón industrial que supo ser motor de la economía nacional y que hoy vive un proceso de informalización silenciosa pero persistente. Lo que las regalías y los aportes patronales de Cabaña Santa Marta van a volcar a la comunidad de Ezeiza durante los próximos meses —aportes de la seguridad social, retenciones que financian a las arcas provinciales, consumos en almacenes y transporte— recién empezará a sentirse cuando los contratados empiecen a cobrar sueldos en blanco y a dejar, en el pueblo, algo más que frustración acumulada en la madrugada.
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