Cuando el cuerpo no apaga la alarma: cómo reconocer que el cansancio dejó de ser pasajero
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades sostienen que el estrés sostenido en el tiempo altera el sueño, la concentración y el ánimo; saber identificar el patrón a tiempo marca la diferencia entre una semana exigente y un desgaste que empieza a pasar factura.

A María, que tiene 47 años y trabaja en administración en un hospital de La Plata, le empezó a pasar algo que ella misma descreía: se quedaba dormida viendo una película con sus hijos, perdía el hilo de lo que estaba contando a mitad de una frase y lloraba por cualquier cosa. «Pensé que eran los años, que ya no aguantaba el ritmo», me cuenta por teléfono mientras acomoda el mate entre la mano y el auricular. Lo que María no sabía es que no estaba cansada: estaba agotada de verdad, en ese sentido clínico que describe la literatura médica cuando la respuesta de estrés del cuerpo no se apaga nunca y termina funcionando como una alarma que nadie desactiva.
Porque hay una diferencia enorme, y conviene tenerla clara, entre pasar una semana difícil y vivir en alerta permanente. La segunda situación es la más jodida de detectar, justamente porque la rutina puede seguir en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Uno sigue llegando a horario, sigue respondiendo mensajes, sigue cumpliendo con lo que hay que cumplir, pero por dentro algo está crujiendo, algo que va mucho más allá de la clásica queja de «estoy fundido» que se repite cada lunes en la oficina.
Qué dicen los organismos y qué encontraron los estudios recientes
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos como CDC por sus siglas en inglés, vienen advirtiendo hace tiempo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas para concentrarse, cambios de humor marcados y una menor capacidad para tomar decisiones. Estos síntomas, y esto es clave para entender por qué tantos quedan afuera del diagnóstico, no siempre aparecen juntos ni de manera evidente. La mayoría de las veces se presentan dispersos, como señales sueltas que parecen no tener relación entre sí: la persona se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, se olvida de lo que iba a decir a mitad de una frase, reacciona con una intensidad desproporcionada ante un contratiempo menor.
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology se tomó el trabajo de analizar 45 revisiones sistemáticas y más de 2.000 estudios, y encontró algo bastante consistente: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo los que tienen que ver con la atención, la memoria y las llamadas funciones ejecutivas, aparecen de manera bastante predecible en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, fue un paso más allá y señaló que la exposición prolongada a situaciones de estrés puede afectar directamente la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, que son las tres patas que sostienen eso que vulgarmente llamamos «estar lúcido».
“El problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Las señales que conviene tener en el radar
Una de las razones por las que este cuadro pasa tan desapercibido es que la continuidad de la rutina funciona como una especie de señal engañosa. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, seguir contestando mensajes con corrección, seguir cumpliendo con todos los compromisos, aunque por dentro esté conviviendo con un sueño fragmentado y con una tolerancia cada vez menor a la frustración, esa que se nota cuando uno se enoja con el colectivero, con el cajero del supermercado o con el propio hijo por pedir galletitas a las diez de la noche.
En los últimos años empezó a circular en distintos espacios de bienestar un concepto que se volvió muy popular, sobre todo en redes sociales y en cuentas de influencers que hablan de salud mental: el llamado «modo supervivencia», un término inglés que en español podríamos traducir como «modo supervivencia» a secas, y que se usa para describir ese estado de alerta sostenido en el que el cuerpo interpreta que está en peligro aunque no haya ningún peligro concreto. No es un diagnóstico clínico con peso académico, eso hay que aclararlo porque si no se presta a confusión, pero puede servir como una herramienta bastante útil para ordenar señales que, si se las toma por separado, parecen insignificantes o propias de un mal día. Lo importante, en definitiva, no es el nombre que le pongamos al asunto, sino el patrón: dormir peor, despertarse más cansado, sentir que la cabeza no responde como antes y notar que la paciencia se acortó de un modo que antes no existía.
Y acá viene lo que a mí, como periodista que hace años cubre estos temas, más me interesa remarcar: identificar ese patrón a tiempo es lo que permite distinguir entre una semana exigente y pasajera, que la tenemos todos, y un desgaste que si se prolonga empieza a afectar la salud física y mental de manera seria. No se trata de medicalizar la vida cotidiana ni de convertir cualquier malhumor en una enfermedad, sino de aprender a leer las señales que el cuerpo viene dando, a veces durante meses, antes de que el cuadro se vuelva más difícil de revertir. La consulta con un profesional de la salud mental, ya sea un psicólogo o un psiquiatra según el caso, sigue siendo el paso fundamental, y ningún artículo ni ninguna lista de síntomas reemplaza esa conversación.
María, mientras tanto, fue a consultar, empezó un tratamiento y aprendió a leer las señales que su cuerpo le mandaba. «No fue de un día para el otro», me dice antes de cortar. «Pero al menos ahora sé que no era debilidad mía, era el cuerpo pidiéndome que frene». A veces, frenar a tiempo es la mejor decisión que uno puede tomar.
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