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Jueves, 22 de octubre de 2026
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Diario Quebrada

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Wildwood: cuando el stop-motion se pone la 10 y le dice basta al CGI

Laika vuelve a la carga con la película más ambiciosa de su historia: 132 minutos, 231 muñecos animados a mano y un tercer acto que es una declaración de principios. Cinco años de artesanía pura para recordarnos que la animación todavía puede ser un acto de terquedad.

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Iván AramayoCultura y patrimonio · · 4 min de lectura
Wildwood: cuando el stop-motion se pone la 10 y le dice basta al CGI

(Vayan preparando el café, porque esta nota va larga.) Me entero de la nueva de Laika una mañana cualquiera, mientras bajo por la calle y el colectivo me pasa por al lado como si fuera una escena de Persépolis. Wildwood, le dicen. Y uno, que ya vio Kubo y sabe lo que es sentarse frente a un stop-motion bien hecho, levanta una ceja. Pero esta vez la ceja se queda levantada. Porque los números son de locos: 132 minutos, 231 muñecos, 136 escenarios, cinco años de laburo. Lo aclaro de una: esto no es una película. Es una declaración de amor a la artesanía.

Un estudio que sigue haciendo las cosas a la antigua

Laika ya tiene pedigree. Coraline, El alucinante mundo de Norman, Kubo y las dos cuerdas mágicas. Todos títulos que en algún momento me dejaron con la boca abierta y los ojos irritados de tanto contener el llanto en la sala. Wildwood es la sexta película del estudio y la más ambiciosa, según dicen los que la vieron, y según los papeles que respaldan esta nota. Décadas de artesanos moviendo figuritas un milímetro cada vez, durante semanas, para que vos veas una escena de diez segundos. Es el tipo de locura que solo se sostiene con dos cosas: billetera gorda y convicción a prueba de balas. Nike aparece como el mecenas silencioso que le da independencia creativa al estudio. Sin condiciones, sin intromisiones, sin alguien diciendo "che, metele un personaje más vendible". En tiempos donde todo se cocina con el algoritmo en la mano, eso ya merece un aplauso.

La historia sigue a Prue y Curtis, dos pibes que se meten en un mundo de proporciones descomunales. La película no le hace una reverencia a los más chiquitos: hay violencia, hay relaciones que no vienen con manual de instrucciones, hay batallas grandes. El tono es más épico que fabulero, y eso, para un servidor que ya se hartó de los mensajes en negrita y los finales con moño, es casi un alivio.

El tercer acto: el show de la paciencia

Acá viene la parte que merece destaque. El tercer acto de Wildwood es, técnicamente, una burrada. Cientos de figuras moviéndose en sincro en una secuencia de combate que, en cualquier otro estudio, sería puro render y un equipo de veinte personas con un café con leche en la mano. Acá no. Acá cada fotograma es alguien inclinándose sobre una mesa, con una pinza y una luz puntual, corriendo a un muñeco un cuarto de milímetro. Y después otro. Y otro. Cinco años. Pongo la cifra en mayúsculas porque me da la gana: CINCO AÑOS. La exigencia técnica es de manual, pero lo que más llama la atención es que el mundo se construye de forma ágil, sin que el espectador se pierda, aunque el desarrollo de los protagonistas muestre algunas costuras flojas heredadas del libro en el que se basa el guion. Lo aclaro para que nadie se piense que acá vengo a hacer prensa gratis: hay zonas del relato que podrían haber tenido una vuelta de tuerca más. Pero el conjunto, señoras y señores, es de esas cosas que no se ven seguido.

  • Duración: 132 minutos, la más larga de Laika hasta hoy.
  • Muñecos animados: 231 figuras articuladas a mano.
  • Escenarios: 136 sets construidos físicamente.
  • Producción: aproximadamente cinco años de trabajo.
  • Punto alto: el tercer acto, con cientos de figuras en movimiento sincronizado.
  • Público: adolescentes y adultos, con violencia y relaciones complejas.
  • Financiamiento: Nike respalda al estudio con independencia creativa.
“Un fotograma, un milímetro. Y así, cinco años. La paciencia como forma de militancia.”Iván Aramayo

Ahora, la pregunta del final, que me parece honesta plantearla aunque no tenga respuesta única: ¿puede el cine de animación artesanal competirle de igual a igual a las maquinitas de los estudios digitales? Mi postura ya la imaginan. Wildwood no es la excepción que confirma la regla. Es la regla recordándonos que, en un mundo donde todo se resuelve con un clic, todavía hay gente capaz de sentarse frente a una mesa iluminada y mover una figurita. Una y otra vez. Y otra. Con el mate al lado y la convicción intacta. Si esta película no te hace replantearte algo sobre cómo se hace cine hoy, nada lo va a hacer.

(Para el finde: si andan por algún cine que la esté pasando, Dense una vuelta. Y si no la encuentran en cartelera, consigan Kubo y dense cuenta de lo que es Laika cuando se lo propone. Ah, y un disco recomendado de yapa: bajen el último de Nick Cave, Bad Seed de toda la vida, que tiene la misma paciencia obstinada que estos muñecos. Música para mirar muñecos moverse. Combinación letal.)

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Iván AramayoCultura y patrimonio

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