Verónica vende dos plantas en Santa Fe por 15,5 millones de dólares y arrastra una deuda que quintuplica ese monto
La láctea con concurso preventivo desde agosto traspasa sus establecimientos de Clason y Suardi a Lacterra y Copalac, dos sociedades con las que ya trabajaba bajo contratos de fasón. Los 225 operarios quedan a cargo de los nuevos operadores, mientras la compañía reconoce que la operación apenas cubriría un quinto del pasivo total declarado.

A 113 metros sobre el nivel del mar, en la llanura santafesina donde la leche es más una cuestión de tradición que de márgenes, la compañía láctea Verónica, dueña de un nombre que supo sonar con peso propio en las góndolas argentinas, acaba de aceptar desprenderse de dos de sus tres plantas industriales —Clason y Suardi, ambas en el centro-oeste de Santa Fe— para intentar contener un agujero financiero que se le viene agrandando desde hace por lo menos una década y que, según los números que la propia empresa reconoció ante el Juzgado Comercial N° 17, amenaza con dejar a la vera del camino a cientos de familias del interior profundo. La operación, que todavía espera el visto bueno judicial, le inyectaría unos 15,5 millones de dólares al concurso preventivo abierto en agosto, un cifra que, comparada con los aproximadamente 77 millones de dólares de pasivo total declarado, no alcanza ni para apagar la primera de las deudas que la firma acumuló con proveedores, trabajadores, el fisco y los bancos.
Dos compradores que ya conocían las plantas desde adentro
Las sociedades que aparecen en el expediente como compradoras no son actores nuevos en esta historia: se trata de Lacterra S.A.S., que se quedaría con la planta de Clason a cambio de 9 millones de dólares, y Copalac S.A.S., que abonaría 6,5 millones por la de Suardi, en ambos casos con la transferencia del inmueble, la maquinaria y los activos productivos incluidos en el paquete. Acá arriba, en estas localidades santafesinas que viven pegadas al ritmo del camión cisterna y de la tranquera del tambo, la operación tiene un condimento particular: las dos firmas ya venían produciendo en esos mismos galpones bajo la modalidad de fasón, es decir, fabricando dentro de instalaciones ajenas con marca y logística propias, una figura habitual en la industria láctea cuando una empresa busca reducir costos fijos sin resignar capacidad instalada. Copalac arrancó en Suardi el mes pasado y, de paso, reanimó una fábrica que llevaba ocho meses sin encender sus calderas; Lacterra, en tanto, había firmado su contrato de fasón en julio para Clason, aunque la línea todavía no había empezado a rodar porque las instalaciones estaban siendo reacondicionadas tras una paralización que se remontaba a enero.
Lo que la propuesta plantea, en la práctica, es un traspaso de los 225 empleados que quedaban en esas dos plantas a las nuevas operadoras, una novedad que en los papeles aleja el fantasma del despido masivo pero que, en un pueblo chico donde el empleo industrial es casi un sinónimo de subsistencia, deja abiertas todas las preguntas sobre qué pasará con la antigüedad, el convenio colectivo y la continuidad real de cada puesto. La tercera fábrica del grupo, radicada en Lehmann, sigue sin actividad, mantiene en su plantilla a 112 trabajadores y aparece en el expediente como la pieza más difícil de encajar: la empresa dijo que está evaluando alternativas para reactivarla, aunque todavía no explicó cuáles.
Una deuda que crece más rápido que cualquier salvataje
- Obligaciones comerciales: 26.861 millones de pesos.
- Deudas fiscales y previsionales: 76.245 millones de pesos.
- Pasivo laboral: 10.357 millones de pesos.
- Obligaciones financieras: 4.211 millones de pesos.
- Otros conceptos menores que completan los 118.496 millones registrados al 30 de junio de 2026.
Los números que la propia Verónica presentó en el concurso preventivo son, como mínimo, elocuentes: al 30 de junio de 2026, la deuda total ascendía a 118.496 millones de pesos, una cifra que al tipo de cambio de referencia usado en el expediente equivale a unos 77 millones de dólares, muy por encima de los 15,5 millones que ingresarán si la Justicia homologa la venta. La composición del pasivo muestra, además, dónde están los agujeros más profundos: las acreencias fiscales y previsionales, con 76.245 millones de pesos, se llevan la parte más grande y concentran el pulso de un conflicto que terminará en discusiones con la AFIP y con la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, mientras que las deudas comerciales, con 26.861 millones, dan cuenta del estrangulamiento que arrastra a proveedores de insumos, envases y servicios.
Para dimensionar el derrumbe hay que mirar también lo que la empresa contó sobre su propia operatoria: en 2025 los volúmenes de venta cayeron un 26,5%, al pasar de 94.798 a 69.692 toneladas, y el último balance anual cerró con pérdidas de 28.549 millones de pesos, un salto al vacío si se recuerda que el período anterior había terminado con una ganancia de 3.414 millones. A eso se suma un dato que en los pueblos del corredor lácteo se comenta con preocupación: la firma admitió que desde enero no abona salarios, lo que convierte a los 225 trabajadores que serían absorbidos por Lacterra y Copalac en acreedores laborales cuya suerte depende, en gran parte, de cómo se resuelva el orden de pagos dentro del concurso.
La Justicia pidió más garantías antes de aprobar la operación
Antes de darle luz verde a la transferencia, el Juzgado Comercial N° 17 le reclamó a Verónica que presente los estatutos y la composición accionaria de Lacterra y Copalac, que detalle los criterios con los que eligió a esas sociedades, que aporte los antecedentes comerciales y financieros de ambas y que explique si recibió o evaluó otras ofertas. Es, en la práctica, un pedido de transparencia que busca evitar que el traspaso termine beneficiando a un grupo cercano a la propia empresa en desmedro de los acreedores, una sospecha que sobrevuela cada vez que una compañía en crisis vende activos a valores inferiores a los del mercado. La fundación de Verónica se remonta a 1923 en la provincia de Buenos Aires y, durante décadas, fue sinónimo de leche fluida, yogur y postres en buena parte del país; la paradoja es que, cien años después de su nacimiento, la firma está a la espera de una resolución judicial para decidir si conserva algo de su estructura original o termina reducida a una sola planta en Lehmann que hoy produce polvo.
Porque, como tantas veces se escuchó en estas tierras cuando todavía había quien prometía inversiones, puestos de trabajo y plantas modelo, lo que las regalías y la actividad terminaron dejando en pueblos como Clason, Suardi o Lehmann fue, en el mejor de los casos, una calle asfaltada, una escuela técnica y la memoria de los turnos rotativos; en el peor, un boleto sin pagar, un salario que no llega desde hace meses y la sensación amarga de que, otra vez, los números de Buenos Aires se cierran a costa del esfuerzo de los tamberos, los operarios y los comerciantes del interior santafesino.
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