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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Diario Quebrada

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Tocar un instrumento, una aliada silenciosa del aprendizaje escolar en la primera infancia

Un estudio de la Universidad Northeastern con 76 chicos de entre 7 y 9 años encontró mejores puntajes en memoria, lectura, escritura y matemáticas entre quienes practicaban música. Los autores aclaran que no se trata de una relación causal y que el costo de las clases puede limitar el acceso.

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Celeste CondoríEducación y salud · · 3 min de lectura
Tocar un instrumento, una aliada silenciosa del aprendizaje escolar en la primera infancia

Cada vez más familias argentinas se preguntan si vale la pena sumar una clase de música a la rutina de los chicos. La respuesta no es simple, pero un trabajo de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos, aporta una pieza al rompecabezas: 76 niños de entre 7 y 9 años que tocaban un instrumento obtuvieron mejores resultados en pruebas de memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo que sus pares sin formación musical, según informó el equipo responsable del relevamiento.

Qué midió el estudio y cómo se organizó

La muestra se dividió en dos grupos equiparados por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad practicaba un instrumento —en especial piano y cuerdas— con un piso de 30 minutos semanales, y la otra mitad no tenía entrenamiento. A todos se les aplicaron evaluaciones cognitivas y escolares. En estas últimas, las diferencias favorecieron a los músicos en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras, además de matemáticas.

El trabajo también incluyó resonancias magnéticas a 50 de los participantes. Allí se observó una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones vinculadas con audición, lenguaje y movimiento, un dato que los investigadores describen como una pista anatómica para entender los hallazgos cognitivos.

Por qué tocar podría sumar (y por qué no alcanza para probarlo)

Tocar exige leer la partitura, sostener el pulso, coordinar ambas manos y escuchar el resultado al mismo tiempo. Esa superposición de tareas pone en marcha lo que los especialistas llaman funciones ejecutivas: la capacidad de planificar, mantener la atención, controlar impulsos y adaptarse a los cambios. La música actúa como un gimnasio para esas habilidades, que después se trasladan al aula cuando el chico debe recordar una consigna, resolver un problema paso a paso o autorregularse en una tarea larga.

Ahora bien, el estudio es observacional: no se asignó al azar quién aprendía música y quién no. Las familias que pueden pagar clases y sostener la práctica suelen ofrecer también libros, viajes o más tiempo dedicado al estudio. Aunque los autores compararon grupos de condiciones socioeconómicas similares, esa variable nunca se controla del todo. Por eso, el trabajo habla de asociación, no de causalidad: no permite afirmar que las clases de música sean la causa directa de los mejores rendimientos.

El dato que incomoda: el acceso

Los propios investigadores encendieron una alarma que en la Argentina suena fuerte: la formación musical tiene un costo que puede dejarla afuera del alcance de buena parte de los hogares. Una cuota mensual de un conservatorio o de un profesor particular puede superar fácilmente el salario mínimo, y en pueblos chicos o barrios alejados de los centros urbanos la oferta directamente no existe. El hallazgo termina siendo, a la vez, una buena noticia y un recordatorio: lo que se asocia con mejores aprendizajes no siempre está disponible para todos.

Para los padres y madres que evalúan anotar a su hijo en una orquesta escuela, un coro o una clase de piano, el mensaje es prudente. Si la oportunidad aparece —y se puede sostener en el tiempo—, sumar música a la vida de los chicos parece mover varias perillas cognitivas a la vez. Si no aparece, la escuela y el hogar tienen herramientas para trabajar la atención, la memoria y la autorregulación por otros caminos. Lo que falta, como tantas veces, es que esa posibilidad llegue a los parajes donde hoy no llega.

CC
Celeste CondoríEducación y salud

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