Tapiolaku: el pasanaku salteño que promete un departamento a 500 dólares por mes y ocho años de espera
Una desarrolladora local adaptó el sistema de ahorro colectivo nacido en Bolivia y lo rebautizó con apellido propio. Diez aportantes, diez ciclos, tres cerrojos legales contra el incumplimiento y una pregunta que sobrevuela todo el esquema: qué pasa cuando alguien deja de pagar después de recibir las llaves.

En la puna jujeña, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, las operaciones mineras suelen medirse en toneladas de litio y en promesas de regalías que se anuncian y se diluyen con la misma velocidad. Pero hay otro movimiento económico, mucho más silencioso, que también promete cambiar la vida de los pueblos: el de quienes juntan moneda a moneda para dejar de pagar alquiler. En este caso, la propuesta lleva el sello de la desarrolladora Spazios, que rebautizó como Tapiolaku un mecanismo de ahorro colectivo nacido en Bolivia —el clásico pasanaku— y lo trajo al mercado argentino con la promesa de que diez personas, aportando 500 dólares por mes, puedan terminar siendo dueñas de un departamento valuado en 50.000 dólares. La cifra no es menor en una economía donde acceder a la primera propiedad se volvió una quimera para salarios medios y bajos, y por eso el esquema reaviva, acá arriba, una pregunta que parece repetirse cada década: si esto realmente cierra o si volvemos a tropezar con la misma piedra de hace diez años, cuando las promesas de vivienda social quedaron a mitad de camino en casi todas las provincias del NOA.
El mecanismo, según explicó Juan Manuel Tapiola, CEO de Spazios, es simple en su arquitectura y complejo en sus pliegues. Cada mes, los diez integrantes del grupo depositan 500 dólares, lo que conforma un fondo común de 5.000. Al cabo de diez meses, ese dinero se utiliza para comprar un departamento de 50.000 dólares. Luego se realiza un sorteo y quien resulta elegido recibe la primera propiedad, aunque —y este punto es clave— debe seguir pagando su cuota mensual como si todavía no la hubiera obtenido. El ciclo se reinicia con el mismo grupo y con la misma disciplina de aportes, y se repite diez veces hasta que todos los participantes tengan su unidad. "Al final de los 10 ciclos de 10 meses, o sea, en 100 meses, todos tienen su propiedad de 50.000 dólares", resumió Tapiola. Traducido a años: ocho años y cuatro meses de aportes sostenidos para que los diez integrantes queden en igualdad de condiciones.
Tres cerrojos contra el riesgo de que alguien se baje a mitad de camino
El Talón de Aquiles del pasanaku clásico siempre fue el mismo: ¿qué ocurre cuando una persona deja de pagar después de recibir su departamento, habiendo aportado apenas una fracción de su valor? La variante que Spazios impulsa en el mercado local intenta blindar ese flanco con tres niveles de protección legal, escalonados según el grado de confianza que exista entre los participantes.
- Escritura con deuda explícita: se deja asentado en el documento de propiedad que el adjudicatario mantiene una deuda con el resto del grupo equivalente a las cuotas que todavía le faltan pagar, de modo tal que, si incumple, los demás integrantes pueden ejecutar el cobro o revertir la operación.
- Condominio con usufructo: todos los integrantes del grupo figuran como copropietarios del inmueble y le otorgan al beneficiario únicamente el derecho de uso y habitación (usufructo). Puede vivir en la vivienda sin pagar alquiler, pero la transferencia definitiva del 100% a su nombre recién ocurre cuando termina el proceso completo y saldó todas sus cuotas.
- Fideicomiso como titular: la variante más sofisticada —y, según la empresa, la más robusta— coloca a un fideicomiso como dueño registral de los inmuebles durante todo el proceso. Un fiduciario independiente controla el cumplimiento de las condiciones, y la escritura recién se emite a nombre del beneficiario cuando cierra el ciclo y se verifica que todos los aportes fueron abonados en tiempo y forma.
A esos tres cerrojos se suma un cuarto problema, menos vistoso pero no menos sensible: la inflación del precio de los inmuebles. Quienes reciben su departamento en los primeros ciclos entregan 50.000 dólares al mercado; quienes lo reciben en los últimos pagan lo mismo por un bien que, probablemente, ya vale más. Para que la inequidad no quede escrita en piedra, la propuesta contempla ajustar las cuotas periódicamente usando como referencia algún índice atado al valor de las propiedades —el mecanismo exacto no se detalla en el material difundido por la empresa—, de modo que el esfuerzo de los últimos adjudicatarios guarde proporción con el bien que finalmente reciben.
En definitiva, el Tapiolaku no es magia: es matemática y, sobre todo, confianza. Ocho años y cuatro meses de aportes sin interrupciones, diez personas unidas por un contrato y la expectativa compartida de que ninguna afloje en el medio. En la puna y en la minería, donde las regalías prometidas hace diez años todavía esperan un porcentaje genuino para los pueblos, este tipo de esquemas vuelve a poner sobre la mesa el mismo debate de siempre: si lo que se promete se cumple o si, otra vez, las expectativas terminan siendo más grandes que los resultados. Las regalías que este sistema podría dejar en el pueblo todavía están en veremos; lo concreto es que, si funciona, dejará techo propio, que en estas latitudes no es poco.
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