Stephen King, el libro que mandó a la hoguera y la pregunta que nos incomoda
Rabia, su primera novela escrita bajo el seudónimo Richard Bachman, dejó de imprimirse en 1997 después de que dos jóvenes involucrados en tiroteos escolares la tuvieran entre sus cosas. El autor también vetó cualquier adaptación. Una decisión que vuelve a poner en el centro el debate sobre los límites de la ficción.

Vayan a cualquier librería de usados de la calle Corrientes y pregunten por un libro de Richard Bachman. Muchos libreros ni van a saber de qué les hablan, otros les van a sacar un título amarillento, con la contratapa gastada, y les van a decir, con ese tono entre orgulloso y misterioso que tienen los que sobreviven del libro viejo: “Esto es de Stephen King, pero firmado con otro nombre”. Esa operación, la de escribir con seudónimo, fue durante años el truco favorito del maestro de Maine para ver si su literatura funcionaba sola, sin el peso de la marca. Y una de esas novelas, la primera que publicó bajo el nombre de Richard Bachman en 1977, terminó convertida en el libro que el propio King no quiere que nadie lea. Se llama Rabia, y la historia de por qué desapareció de las góndolas es, en el fondo, la historia de una decisión que todavía incomoda.
De dónde viene Rabia y por qué es un caso aparte
La novela cuenta lo de Charlie Decker, un pibe expulsado del colegio que, cuando le llegan las noticias del castigo, va al instituto, saca un arma de su casillero y empieza a disparar. Asesina a varias personas y toma rehenes. King la escribió en sus años de universidad, la publicó con nombre prestado y, según él mismo reconoció, nunca fue un bestseller. Era un libro menor en la producción del autor, una rareza para coleccionistas, hasta que dejó de ser una rareza para convertirse en otra cosa.
Lo que cambió la relación de King con su propio libro fue un dato que le llegó de la peor manera posible: el libro aparecía, una y otra vez, entre las cosas de jóvenes que habían participado en tiroteos escolares en Estados Unidos. El caso que terminó de convencerlo fue el de Michael Carneal, que en 1997 mató a tres personas en su colegio y tenía un ejemplar de Rabia entre sus pertenencias. “Al menos dos chicos que estuvieron involucrados en tiroteos escolares tenían el libro”, reconoció el propio King, como si todavía le costara hacerse cargo de la frase.
“No quería que Rabia fuera uno de esos aceleradores. Sentí que era parte de eso, se convirtió en parte de un escenario de fantasía con estas personas y no quería que le pasara a nadie más.”Stephen King
Por qué también prohíbe la película (o la serie)
Lo más interesante del asunto es que la decisión de King no es un arrebato ni un gesto marketinero. Es una posición intelectual bastante clara, que él mismo se encarga de explicar para que no lo malinterpreten. King no cree que los libros o las películas vuelvan violentos a la mayoría de la gente. Dice, con razón, que millones de personas leen, miran y juegan con material pesado todos los días y no salen a matar a nadie. Pero reconoce que existe un subgrupo muy chico de personas en las que ciertos contenidos operan como catalizadores, como una chispa que encuentra un escenario mental ya preparado. Y en esos casos, dice, el autor tiene una responsabilidad que no se lava con la Primera Enmienda.
Por eso la prohibición de cualquier adaptación audiovisual no es un capricho adicional, sino la consecuencia lógica de la decisión editorial. Si el libro es peligroso para un determinado tipo de lector, una película o una serie con la marca de Stephen King en el cartel sería todavía más accesible, más fácil de encontrar, más viral. Sacar el libro de la calle y al mismo tiempo autorizar una serie habría sido, en sus propias palabras, hacerse el distraído. En 2013, King volvió sobre el tema en el ensayo Guns, donde repasó su posición sobre el control de armas en Estados Unidos y donde insistió con que la Constitución le daba derecho legal a mantener Rabia en circulación, pero que su responsabilidad moral le pedía exactamente lo contrario.
(Y acá uno se queda pensando, mientras camina por la vereda tratando de no pisar un charco, si la mayoría de los autores alguna vez se hacen ese tipo de preguntas, o si este nivel de autoreflexión es patrimonio casi exclusivo de los que ya no necesitan vender un libro más para pagar el alquiler.)
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