La salud mental de las infancias cruje y el sistema llega tarde
Niños y adolescentes llegan a escuelas, consultorios y guardias con marcas de violencia, autolesiones y un malestar que muchas veces cargaron en silencio durante años. Los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la atención queda fragmentada entre salud, educación y justicia.

Lo veo cada vez que me toca cubrir un aula o una guardia: chicas y chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen en forma compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que dicen, en voz baja, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
Violencia y pantallas, el mapa del sufrimiento
La violencia es parte central del cuadro. Las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años; entre varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias queda silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente.
Las plataformas digitales sumaron una dimensión nueva. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es solo un hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
Aprender se vuelve cuesta arriba
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
Cómo se atiende (y cómo se pierde) a un chico en el medio
“Atendemos con lo que tenemos, pero lo que tenemos no alcanza. Nos llegan chicos con situaciones que deberían haber sido acompañadas hace cinco o diez años y recién aparecen en la guardia.”Una pediatra de un centro de salud público del conurbano bonaerense
Mientras tanto, en los parajes rurales y en los barrios más postergados del interior, la falta de profesionales, las distancias y la escasez de transporte hacen que una primera consulta termine siendo, también, la última. Para muchos chicos, el acompañamiento que llega es tarde o, directamente, nunca llega.
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