La mutación silenciosa que llega a casi uno de cada dos argentinos y se trata con un cambio de suplemento
Una variante genética impide convertir el ácido fólico en su forma útil y aparece detrás de cuadros de ansiedad, déficit de atención y complicaciones en el embarazo. La detección es accesible y la solución, concreta.

El 46 por ciento de la población mundial carga con una variante del gen MTHFR que cambia la ecuación sin que la mayoría lo sepa. La función de ese gen es precisa: transformar el folato que llega al cuerpo en la forma activa que las células pueden aprovechar. Cuando esa pieza falla, el organismo recibe el nutriente pero no lo usa, y el déficit aparece igual aunque la dieta sea correcta.
Lo que parece un detalle bioquímico se traduce en síntomas concretos: mayor predisposición a la ansiedad, al trastorno por déficit de atención e hiperactividad y a abortos espontáneos. Son cuadros que rara vez se vinculan con una causa genética tratable, y por eso suelen quedar sin diagnóstico.
Una palabra que desarma estigmas
El especialista en biología humana Gary Brecka lo resumió con una frase que vale la pena repetir: Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia. La distinción no es menor: cambia el lugar desde donde se piensa el problema y, sobre todo, abre la puerta a una intervención accesible.
Qué cambia en la suplementación
- Reemplazar el ácido fólico por metilfolato, también llamado 5-MTHF, que es la forma que el cuerpo asimila directamente.
- Optar por vitaminas prenatales metiladas en el embarazo, la indicación para mujeres con la variante.
- Prestar atención al folato natural de los alimentos, que sigue siendo útil, frente al ácido fólico sintético presente en panes, harinas, cereales y pastas desde la fortificación obligatoria de 1993.
El cambio es simple en la teoría y algo más trabajoso en la práctica: implica conocer la variante, leer las etiquetas y ajustar lo que se compra en la farmacia. Cuando el ácido fólico no se procesa, además de no aportar, se acumula. Para el sistema de salud, la pregunta pendiente es por qué un cuadro tan frecuente sigue sin entrar en la consulta de rutina.
A la discusión sobre el MTHFR se suma otro nutriente con impacto clínico concreto: la vitamina D3. El rango de laboratorio considerado normal va de 30 a 100 nanogramos por decilitro, pero 30 es, en la práctica, deficiencia. La evidencia disponible asocia un menor riesgo de ciertas enfermedades, incluido el cáncer de mama en mujeres, con niveles entre 60 y 80 nanogramos por decilitro, y la recomendación mínima ronda las 5.000 unidades internacionales diarias, incluso en personas con exposición solar regular.
Sobre la D3 circula un dato que Brecka repite para evitar errores: la D3 es una molécula de transporte de calcio, y la K2 determina si ese calcio llega al hueso o se deposita en las arterias. Por eso la suplementación no debería hacerse de forma aislada. Tomar una sin la otra es, en los hechos, medio tratamiento.
Lo que falta en la consulta cotidiana
La genética ya puso nombre y apellido a un cuadro que antes se disolvía en diagnósticos vagos. Falta que el sistema de salud lo incorpore: estudios de detección accesibles, profesionales que pregunten qué suplemento toma cada paciente y campañas que traduzcan esta información al lenguaje de la consulta diaria. Mientras eso no llegue, el cambio empieza en uno: pedir el estudio, leer la etiqueta y conversar con el médico antes de tocar una dosis.
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