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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mochila que cargan los hijos cuando los padres todavía tienen sueños propios

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares se transforman en mandatos silenciosos y por qué cuesta distinguirlos de la responsabilidad genuina.

NS
Noelia SajamaComunidades y territorio · · 3 min de lectura
La mochila que cargan los hijos cuando los padres todavía tienen sueños propios

Lo conocí a Tomás en un taller de crianza en La Paternal, hace ya varios veranos. Tomás tiene 34 años, es padre de dos chicos y trabaja como contador en una pyme del barrio. Cuando le pregunté qué quería transmitirles a sus hijos, se quedó callado unos segundos y después, con una media sonrisa, me dijo: «Lo que me hubiera gustado que mi viejo me diga, nada más». Esa frase me volvió a la cabeza mientras leía La culpa, el ensayo que la psicóloga Cynthia Wila acaba de publicar por Paidós. Wila se detiene en una zona que muchos lectores reconocerán de inmediato: las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos, aun cuando las transmitan con la mejor de las intenciones, pueden convertirse en exigencias difíciles de satisfacer, y dejar una huella que la adultez no siempre alcanza a borrar.

Sueños propios que se mudan de cuerpo

La autora sostiene que las expectativas familiares suelen incluir proyectos que los adultos no lograron llevar adelante. Cuando esas metas se trasladan a los hijos, aparece una demanda que, desde su perspectiva, resulta imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona. «No hace falta que te digan que no servís», resume Wila en el libro, «alcanza con que tu viejo te pregunte, con dulzura, cuándo vas a terminar la carrera que él no pudo terminar». Esa frase, dicha con cariño, abre la pregunta por explorar.

Pedidos con ternura que también pesan

Wila advierte que no hacen falta palabras hirientes para generar una carga. Un pedido expresado con afecto puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Para la psicóloga, esa búsqueda puede provocar angustia y culpa, sobre todo cuando la persona intuye que, por más que se esfuerce, siempre habrá algo que no alcanza.

  • Normas que ayudan a convivir: límites a la agresividad, respeto por el otro, cuidado de los vínculos.
  • Mandatos que restringen elecciones: estudiar determinada carrera, vivir en cierto lugar, casarse a una edad definida.
  • Miedo a perder el afecto: la persona decide en función del rechazo que imagina, no del deseo que tiene.
  • Reproches internalizados: las voces de la infancia se convierten en juez interno durante la adultez.
“La influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. Por eso no hay recetas universales, sino recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)

Qué hacer con esa voz que sigue sonando

Frente a ese mecanismo, Wila propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su planteo es revisar de qué se acusa uno mismo, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente. Preguntarse qué responsabilidad tenemos en aquello que nos reprochamos es, para la autora, una de las llaves para empezar a desarmar la culpa cotidiana. Tomás, mientras tanto, ya les empezó a decir a sus hijos, cada mañana antes del colegio, que los quiere por lo que son y no por lo que hagan. Es, dice él, la primera cuenta que un padre puede llegar a saldar.

NS
Noelia SajamaComunidades y territorio

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