La lactosa que el cuerpo deja de bancar: cómo se explica una intolerancia que aparece de grande
Muchos argentinos toman leche toda la vida y, después de los treinta, empiezan a notar que algo les hincha la panza o les descompagina el estómago.Qué le pasa al intestino, por qué la genética pesa y qué hacer cuando las molestias no se van, según los especialistas.

Cuando Lorena tenía 34 años y tomaba su cortado con leche como cada mañana, empezó a notar que la panza se le inflaba como si hubiera comido en una panadería de pueblo durante todo un domingo.Fue al gastroenterólogo, le hizo el estudio del hidrógeno en el aire que se espira —el breath test, le dicen los médicos— y el resultado fue claro: intolerancia a la lactosa, esa azúcar natural de la leche que el intestino delgado deja de poder cortar cuando se reduce una enzima llamada lactasa.Aunque parezca raro, dice Lorena, yo tomaba leche desde chica sin ningún problema y de golpe el cuerpo me empezó a pasar factura.
El mecanismo es bastante sencillo de explicar y conviene entenderlo antes de hablar de síntomas o de tratamientos. La lactasa se fabrica en el intestino delgado y su trabajo es partir la lactosa en dos pedazos más chicos —glucosa y galactosa— para que el cuerpo los pueda absorber.Cuando esa enzima disminuye, cuenta la nutricionista Mariana Ledesma, autoridad del tema en el Hospital de Clínicas, parte de la lactosa sigue su camino entero hasta el intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y producen gases, hinchazón y esos cólicos que mucha gente descree pero que son bien reales.También atrae agua, aclara la profesional, y por eso aparece la diarrea en algunos pacientes.
Por qué aparece de grande y a quién le toca más
Las molestias suelen asomar entre los veinte y los treinta años, aunque hay quienes las descubren bien pasados los cuarenta e incluso después.En Argentina no hay cifras oficiales actualizadas, pero la literatura médica coincide en que la condición pega más fuerte en poblaciones de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y resulta menos frecuente en los descendientes del norte de Europa, donde la cría de animales lecheros lleva miles de años y el cuerpo se acostumbró a producir lactasa durante toda la vida adulta.En criollos y mestzos de nuestra región, el escenario intermedio se repite en los consultorios: varía muchísimo de una persona a otra y depende de cuánto lactasa conserve cada uno, no de una receta única.
Los síntomas y la diferencia con la alergia
- Hinchazón abdominal y dolor, que suele empezar entre treinta minutos y dos horas después de tomar leche o un helado.
- Gases y cólicos, a veces ruidosos, que muchas veces avergüenzan al paciente en la mesa familiar.
- Heces blandas o diarrea, sobre todo cuando se tomó una cantidad grande de lácteos de una sola vez.
- Menos frecuentes: náuseas y una sensación de plenitud que se confunde con acidez.
- No confundir con alergia a la leche: la alergia es una reacción del sistema inmunitario contra las proteínas lácteas y puede dar urticaria, vómitos, eccema o dificultad para respirar, y suele aparecer en la infancia; la intolerancia, en cambio, solo incomoda el aparato digestivo.
La diferencia, señala Ledesma, es clave porque los tratamientos no se parecen en nada.Mientras la alergia puede poner en riesgo la vida y exige eliminar todo rastro de proteína de leche, la intolerancia admite grises: hay quienes toleran un vaso chico de leche con el desayuno pero revientan si se toman dos, y hay quienes bancan un yogur pero no el helado de corte.Cuánto se tolera depende de cada organismo, de lo que se comió antes y de si hay otros problemas digestivos previos, como el colon irritable, que suelen sumar incomodidad.
Cómo se confirma y qué hacer para no quedar a dieta para siempre
El estudio más usado es el test de hidrógeno espirado, que en criollo quiere decir que uno se toma una solución con lactosa y va soplando un aparatito cada ciertos minutos durante unas cuatro horas; si el hidrógeno sube, es porque las bacterias del colon fermentaron lactosa que el cuerpo no alcanzó a absorber.Pero a veces no hace falta tanto: retirar los lácteos por un par de semanas y volver a introducirlos suele alcanzar para confirmar la sospecha en la consulta.Lorena cuenta que ella hizo el camino más casero: dejó la leche, el dulce de leche con el mate cocido y los quesos blandos durante quince días, se le fue la hinchazón y cuando volvió a probar un yogur la respuesta fue inmediata y bastante gráfica.
Lo que los especialistas piden, sobre todo en el consultorio público, es que no se abandone la leche de un día para el otro sin acompañamiento.Calcio, vitamina D y proteínas que dan los lácteos se pueden conseguir en verduras de hoja verde, en legumbres como las lentejas y los garbanzos, en pescados chicos con espinas como la sardina y en leches vegetales fortificadas, pero el reemplazo debe pensarse y no improvisarse, sobre todo en mujeres adultas y en personas mayores, donde cuidar los huesos marca la diferencia entre una fractura y una vejez tranquila.En definitiva, lo que la comunidad de los maldigestos de la lactosa le viene pidiendo a la industria y a los profesionales es más información, etiquetas más claras en los envases y opciones que no obliguen a elegir entre comer rico y comer bien.
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