La chacra que los sostiene a ellos: dos docentes, tres hectáreas y una vuelta de tuerca diaria en la zona de Centenario
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron hace 19 años esperando a sus hijos en la puerta de un colegio y descubrieron que los dos habían crecido entre acequias y animales. Hoy viven en las tres hectáreas que el padre de ella les dejó, mantienen alfalfa, gallinas y conejos, y son sus sueldos como empleados de educación los que pagan el forraje para que la tierra siga viva.

A Silvana Aiello la conocí en la tranquera de la calle 9, justo en el límite donde se tocan los municipios que la rodean. Me recibió con la cordialidad de quien está acostumbrada a abrir la puerta de su casa para contar lo que le pasa: lo que hace y lo que sueña para los tres que viven con ella. Ella tiene 56 años y se nota que sabe de memoria cada metro de las tres hectáreas que heredó de su padre, Ricardo, cuando él murió.
Un reencuentro que empezó en la vereda de un colegio
La historia de Silvana y de Jorge Stelrrig empieza hace 19 años, en la puerta de un establecimiento educativo donde los dos esperaban a sus hijos. Charlaron, se reconocieron en los recuerdos y entendieron rápido que los dos venían de lo mismo: familias chacareras de la zona de Centenario y Vista Alegre, gente que había trabajado la tierra durante generaciones y que quería volver a ese modo de vida. Con el tiempo se hicieron pareja y empezaron a proyectar juntos.
Durante años, mientras trabajaban en sus empleos, fueron juntando materiales como podían, con lo que iba sobrando del sueldo: bolsas de cemento, hierros, ladrillos. Compraban cuando el bolsillo les daba. Hace tres años dieron el paso definitivo y se mudaron a las tres hectáreas que el padre de Silvana les había dejado, con la idea clara de levantar allí lo que siempre habían querido.
De manzana y perales a monte de olivillo y humedal
El campo que hoy pisan es el mismo que trabajó el abuelo de Silvana, de origen italiano que llegó desde Italia con 12 años, alrededor de 1920, y que abrió la primera chacra familiar. La casa está sobre la calle 9, en un punto donde los dos municipios se cruzan. Hoy tienen alfalfa sembrada, gallinas, conejos y una incubadora que armó su hijo Lucas, de 17 años, con sus propias manos. A un costado descansa un tractor viejo que a veces no quiere arrancar.
En los lotes donde alguna vez hubo plantaciones de manzanos y perales, la naturaleza hizo lo suyo durante los años en que nadie pudo trabajarlos: creció un monte de olivillo y se formó un humedal. Esa es la postal que hoy les toca administrar, entre lo que se puede recuperar y lo que aprendieron a dejarle a la tierra.
Los sueldos que sostienen la tierra, no al revés
Silvana trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica. Jorge es empleado en el área de educación de la zona. Son sus salarios los que pagan el forraje, los animales y la mano de obra que necesitan para mantener el campo activo. "Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", me explica Silvana, sentada a la sombra del corral, con la tranquilidad de quien repite esa cuenta varias veces por mes.
“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello, secretaria de escuela técnica y productora
Lucas, la veterinaria que viene y las viñas que están por venir
Lo que más emociona a Silvana, me dice, es ver a su hijo menor ya metido de lleno en el proyecto. Lucas cursa el último año de la secundaria con orientación en técnico mecánico, pero el campo ya lo tiene dueño: el año pasado crió 600 pollos parrilleros, sumó gallinas y conejos, y armó la incubadora de manera artesanal, casi sin plata y con ingenio de sobra. Cuando termine el colegio quiere estudiar veterinaria y quedarse en la chacra. Jorge, mientras tanto, proyecta plantar frutales y levantar unas viñas para producir y vender en el mismo campo.
Lo hacen, aclara Silvana, a pulmón los tres: ella, Jorge y Lucas. Y lo dice con una mezcla de cansancio y de orgullo que se le nota en la voz, la misma mezcla que se repite en tantas familias del Alto Valle que todavía pelean por mantener la tierra productiva mientras el trabajo formal les come la semana. Lo que la comunidad pide, y a quien se lo piden, es sencillo de escuchar cuando uno se queda un rato en la tranquera de la calle 9: que el Estado y los municipios reconozcan este tipo de producciones familiares, que no las dejen caer y que les den una mano para que la chacra, esta vez sí, pueda volver a sostener a la casa.
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