El oficio insólito de cortarle verduras a una cámara para enseñarle a un robot
Divya vive en Karur, un distrito del sur de India, y durante horas se graba pelando papas y fregando platos con un celular atado a la cabeza. Lo que para ella es tarea doméstica, para una empresa de inteligencia artificial es materia prima valiosísima: cada video aprobado alimenta el entrenamiento de robots que algún día prometen hacer exactamente eso mismo.

Hay una imagen que se me aparece mientras escribo esta nota y que, sospecho, se me va a quedar pegada un buen rato. Imaginate a una mujer en una cocina del sur de India, con un celular sujeto con una venda en la frente, mirando fijo hacia abajo mientras pela unas papas. No está hablando con nadie, no está mirando un tutorial en YouTube, no está sacándose una selfie. Está trabajando. Y su patrón, me imagino, debe ser el de cualquier porteño con el celular en la mano: cara de circunstancias y ganas de terminar rápido. La diferencia es que a ella le pagan por cada minuto que la cámara registra.
La protagonista se llama Divya, vive en el distrito de Karur, en el estado de Tamil Nadu, y se convirtió, casi sin buscarlo, en una pieza de la industria global de la inteligencia artificial. Su trabajo consiste en filmarse haciendo tareas domésticas con un teléfono atado a la cabeza: cortar verduras, limpiar superficies, ordenar una habitación. Esos videos después viajan hasta los servidores de empresas tecnológicas que los usan para entrenar robots que, algún día, prometen hacer exactamente lo mismo. Cosa de locos, si lo pensás un segundo.
Por qué sirve filmar a una señora cortando zanahorias
Acá viene la parte que más me interesa, y donde la nota deja de ser una curiosidad para volverse un espejo. Para que un robot con inteligencia artificial aprenda a moverse en una casa necesita ejemplos visuales de cómo lo hace un humano. No le alcanza con una secuencia repetida como un loro: la cocina cambia, los objetos cambian, la luz cambia, la fuerza con la que sostenés una cáscara cambia. Entonces alguien tiene que proveerle a la máquina horas y horas de imágenes reales, desde el punto de vista de alguien que efectivamente está parado frente a la bacha. Y esa alguien, en este caso, es Divya.
El truco del celular en la cabeza es casi artesanal pero tiene su lógica: la cámara registra desde la perspectiva exacta de quien ejecuta la tarea, que es justamente la información que después se traduce a los movimientos del robot. Cuando Divya estira la mano para agarrar el cuchillo, cuando gira la muñeca, cuando acomoda la tabla, está generando, sin saberlo, un pequeño manual de gestos para una máquina que nunca tocó una papa en su vida.
“Si normalmente me toma 30 minutos cortar verduras, este trabajo me toma una hora cuando tengo que grabarlo en video.”Divya, operadora de Karur
Lo que no se ve: el filtro, las horas muertas y la plata
Lo que cuenta esta historia sin querer contarlo
Y ahora viene la parte donde me hago el crítico de café, porque la nota abrevaría mal si me quedara solo en el costado bizarro del asunto. Hay algo profundamente humano en este cruce. Del lado de la empresa, está la promesa de robots que nos saquen de encima las tareas pesadas. Del lado de Divya, está una forma de trabajo nueva, mal paga probablemente, donde la cámara decide qué gesto sirve y cuál no, y donde la autonomía económica que ganó (no tener que pedirle plata a nadie para recargar el celular, dice ella, y eso ya es enorme) viene precisamente de venderle al algoritmo las horas más íntimas de su vida cotidiana. La frase que leí por ahí me volvió a la cabeza, de esas coplas que se cantan en el norte cuando se habla del trabajo de la mujer: 'Yo no le pido a nadie que me mantenga el corral, yo misma me lo gobierno, con mi peine y mi dedal'. Algo así.
Qué ir a ver o escuchar el finde
Si te picó la curiosidad y querés seguir tirando del hilo, hay dos puertas de entrada razonables. La primera es documental puro: andá a buscar el corto Samsara, de Ron Fricke, que no tiene una palabra hablada y se pasa una hora mostrando cuerpos humanos trabajando la tierra, la harina y la piedra. Es la versión contemplativa, sagrada casi, de lo que Divya hace a diario. La segunda es más lúdica y mucho más argentinas: este finde pasá por la sala del Centro Cultural Kirchner y fíjate si queda alguna función de la muestra sobre inteligencia artificial y artes visuales que estuvo girando por Buenos Aires. Salís de ahí mirando las papas del super con otros ojos, te lo garantizo. Y si lo único que te queda es el domingo en casa, ponete un rato a limpiar la cocina con el celular al lado, filmándote, y pensá cuántos miles de videos como el tuyo necesita una máquina para aprender a hacer lo que vos hacés en veinte minutos. Ahí recién te das cuenta quién manda a quién.
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