El cáncer que se opera sin abrir el pecho: qué es el adenocarcinoma de pulmón y por qué importa conocerlo aunque no se fume
La confirmación de la intervención al jefe del Estado del Vaticano volvió a poner en agenda al tumor más frecuente entre quienes nunca encendieron un cigarrillo. Especialistas explican cómo se decide el pronóstico después de una lobectomía y qué peso tienen los estudios genéticos.

Soy Noelia Sajama, de Comunidades y territorio, y arranco esta nota como siempre me gusta arrancar, con una persona, su historia y el nombre de pila de quien habla. El caso que nos convoca es el de Robert Previni X, Robert Francis Prevost, el pontífice León XIV, y vuelve a poner sobre la mesa un tema que muchos argentinos creen que les queda lejos: el cáncer de pulmón en personas que nunca fumaron. La Santa Sede confirmó que al obispo de Roma, de sesenta y nueve años, se le extirpó el lóbulo inferior derecho del pulmón mediante una cirugía videoasistida, una técnica en la que no se abre el tórax con bisturí grande, sino que se trabaja con pequeñas incisiones y una cámara. El análisis del tejido extraído durante la propia operación arrojó que se trataba de un adenocarcinoma pulmonar, y la evolución posterior fue descripta como habitual: el paciente retomó la alimentación, hizo kinesioterapia respiratoria, esos ejercicios para volver a expandir bien los pulmones después de la anestesia, y empezó a caminar dentro de su propia habitación.
Por qué este subtipo aparece en personas que nunca fumaron
El neurólogo Conrado Estol, presidente de la Fundación de Medicina para América Latina y columnista habitual de divulgación médica en medios argentinos, fue el encargado de explicar por qué el diagnóstico llamó la atención más allá de lo estrictamente religioso. El adenocarcinoma es, dentro de los cánceres de pulmón, el más común entre quienes no fuman. Representa entre el cincuenta y cinco y el ochenta por ciento de los casos en ese grupo, una franja enorme. Suele localizarse en la periferia del pulmón, lejos de los bronquios principales, que son los conductos grandes por donde entra y sale el aire. Al no obstruir esas vías, tarda más en dar señales: tos con sangre, falta de aire o dolor en el pecho aparecen recién cuando el nódulo ya creció.
Por eso, cuando se descubre un nódulo periférico en alguien que nunca fumó, la sospecha clínica cambia respecto del paciente con historia de tabaquismo. No es que el tumor sea menos agresivo, sino que su escondite anatómico lo hace pasar más tiempo sin ser descubierto. La consecuencia práctica es clara: cuando aparece el síntoma, muchas veces el nódulo ya midió más de lo deseable.
Cómo se decide sacar un lóbulo entero y no solo el nódulo
La decisión de extraer el lóbulo completo, y no solamente el nódulo visible, responde a una lógica oncológica precisa que Estol se encargó de detallar en las últimas horas. La lobectomía, nombre técnico de esa operación, persigue dos objetivos al mismo tiempo: por un lado, garantizar márgenes libres, es decir, que alrededor del tumor haya tejido sano sin células cancerosas, y por el otro, permitir que el patólogo estudie con más detalle los ganglios linfáticos y la pleura, esa membrana finita que envuelve al pulmón como una cobertura. Durante la operación, un anatomopatólogo puede examinar muestras en tiempo real para distinguir entre cáncer, fibrosis o cicatrices, aunque el diagnóstico definitivo siempre requiere el estudio microscópico posterior.
En el caso del pontífice, la cirugía duró aproximadamente noventa minutos en el Policlínico Gemelli de Roma, ese hospital universitario donde también fue tratado Juan Pablo II, y se hizo con técnica videoasistida, lo que reduce el tiempo de internación y el dolor posoperatorio. El parte oficial difundido por la oficina de prensa del Vaticano describió una evolución sin complicaciones, dentro de lo que se espera para una cirugía mayor en un adulto mayor.
De qué depende el pronóstico y por qué todavía no se sabe todo
Lo que aún no se conoce públicamente es la información que más miran los oncólogos a la hora de hablar de chances de curación: el tamaño exacto del nódulo, si los ganglios linfáticos cercanos están comprometidos y si la pleura fue alcanzada por el tumor. Esos tres datos, que suelen describirse con la sigla TNM en oncología, son los que arman el escenario. Estol planteó una hipótesis orientativa que sirve para entender la lógica: si el nódulo mide alrededor de dos centímetros, los ganglios están libres y no hay compromiso pleural, la sobrevida a cinco años puede acercarse al noventa y nueve por ciento. Son cifras optimistas, pero no son generales: dependen de cada combinación de factores.
- El tamaño exacto del nódulo, medido en centímetros en el microscopio.
- El estado de los ganglios linfáticos cercanos, que se sacan y se analizan aparte.
- Si la pleura, la membrana que envuelve al pulmón, fue alcanzada por el tumor.
Qué cambia si el tumor tiene mutaciones específicas
En paralelo a la recuperación física, laboratorios especializados de Europa y de Estados Unidos analizan la genética del tumor, lo que se conoce como perfil molecular. Ese estudio busca mutaciones específicas en genes como EGFR, KRAS, BRAF, HER y MET, y cuando aparecen, permiten indicar terapias dirigidas que se toman por vía oral en lugar de la quimioterapia tradicional. La inmunoterapia es otra alternativa, aplicada por vena, y sirve para que el propio sistema inmune reconozca al tumor como algo extraño y lo ataque. Ambas opciones, aclaró el especialista, pueden perder efectividad con el paso del tiempo, lo que vuelve imprescindible el seguimiento oncológico continuo, no solo en los primeros meses, sino durante años.
Lo que la comunidad médica y los pacientes argentinos vienen pidiendo, y que este caso del máximo jefe de la Iglesia católica vuelve a poner en discusión pública, es que se difundan campañas de detección temprana en personas no fumadoras y que se actualicen los protocolos de seguimiento. Para los lectores que quieran cuidarse, el pedido de la comunidad científica a las autoridades sanitarias sigue siendo el mismo de hace una década: que se incorporen estudios genéticos del tumor a la cobertura obligatoria, que se amplíen los equipos multidisciplinarios en hospitales públicos y que se financie la continuidad de los tratamientos, porque un adenocarcinoma diagnosticado a tiempo y bien estudiado deja de ser, en muchos casos, una condena inmediata y pasa a ser una enfermedad crónica controlable.
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