Dolina se doctoró en la UBA: la venganza del honoris causa
La Facultad de Ciencias Sociales distinguió al escritor, músico y conductor radial con el máximo reconocimiento académico, en una ceremonia que mezcló laudatio, música y un conversatorio con Gabriel Rolón.

El viento de San Telmo no aflojaba el viernes a la tarde, pero adentro del Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, en la calle Santiago del Estero, la temperatura era otra: la de un pueblo que se juntó a celebrar a uno de los suyos. Alejandro Dolina recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, distinción que la Facultad de Ciencias Sociales venía tramitando desde 2024, cuando aprobó la propuesta mediante el trámite formal que el reglamento exige (papeles que, curiosamente, no necesitan papel para conmover). El acto cerró con un mano a mano entre el homenajeado y el psicoanalista Gabriel Rolón, dos voces que se conocen desde hace décadas y que, otra vez, encontraron en la palabra el mejor puente.
La resolución que motorizó el reconocimiento enumera lo que cualquier oyente de radio sabe de memoria: su paso por las carreras de Letras, Historia y Música, sus publicaciones —de las Crónicas del Ángel Gris a las Notas al pie— y una lista de premios que incluye el Martín Fierro de Oro 2022, cuatro premios Argentores, el Konex Diploma al Mérito de 1991 y la distinción de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2001. Faltaba, sí, la firma académica. Y llegó.
El laudatio: cuando el nombre se vuelve adjetivo
La directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, Larisa Kejval, fue la encargada de leer el laudatio y eligió el ángulo justo: hablar del programa, no del personaje. "Es uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia", señaló al recordar que la cuenta oficial en Spotify convive con grabaciones caseras subidas por oyentes a lo largo de décadas (un archivo paralelo, un tesoro no oficial, que dice más de la radio que cualquier paper). El texto fue más allá y arriesgó una definición que vale la pena repetir: que el nombre de Dolina se haya vuelto adjetivo y verbo de uso corriente, y que una plaza del barrio de Flores lleve el nombre del Ángel Gris en lugar del suyo, es "el triunfo de la prosa".
“Es el triunfo de la prosa.”Fragmento del laudatio leído durante el acto
Una tradición que se agranda
La entrega no fue un hecho aislado. La UBA viene usando el honoris causa como reconocimiento a figuras centrales de la música y la cultura popular argentina, y los últimos movimientos aceleraron el pulso: en 2025 la Cátedra de Música Popular de la carrera de Artes distinguió a Charly García, y ese mismo año Carlos "Indio" Solari recibió el título en la Facultad de Ciencias Médicas, veinte días antes de su muerte. Tres nombres, tres generaciones, un mismo gesto institucional que, en mi opinión, todavía le debe unas cuantas llamadas.
- Litto Nebbia: pionero de la canción popular moderna, fundador de Los Gatos y autor de un cancionero que aún pide ser estudiado en serio.
- María Elena Walsh: enorme poeta y compositora, cumbre de la cultura infantil y adulta, cuya obra sigue sin recibir el espaldarazo académico que merece.
- Víctor Heredia: medio siglo de militancia cultural y canciones que atravesaron dictaduras y democracias, y siguen sonando en plazas y escuelas.
- Lito Nebbia, Fito Páez y Luis Alberto Spinetta —ya reconocido de otras formas— para pensar cómo la universidad dialoga con el rock y el pop argentinos.
Cierro con una copla que el propio Dolina suele repetir cuando eligen por él y que el Ángel Gris dejó escrita hace años en algún café de la calle Chile: "Si me querés, quereme bien, y si no, no me quieras tanto". Apliquémosla, mutatis mutandis, a las distinciones académicas: si la UBA los va a honrar, que los honre como se debe, con tiempo, con lectura crítica y sin apuros de calendario.
Para el fin de semana, dos sugerencias muy porteñas: darse una vuelta por la plaza del Ángel Gris en Flores, sentarse en un banco y escuchar por auriculares cualquier capítulo de La venganza será terrible en su formato digital; y, si el cuerpo pide aire de río, caminar hasta la Costanera y ver el río desde la Fragata Presidente Sarmiento, que también tiene sus honoris causa guardados en la madera. Hay cosas que no necesitan diploma para doctorarse.
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