Decir que no, un aprendizaje que se construye desde la cuna y que se puede revisar a cualquier edad
Ansiedad, resentimiento acumulado y síntomas físicos como dolores e insomnio son algunas de las consecuencias de no poder poner límites. Tampoco está exento de riesgos quien no tolera el "no" del otro. La buena noticia es que no se trata de un rasgo de carácter fijo: se aprendió y, por lo tanto, se puede desaprender.

A Laura, vecina del barrio de Belgrano, le cuesta dormir desde hace meses. No es un insomnio cualquiera: se queda mirando el techo pensando en todo lo que aceptó durante la semana y que no quería hacer. Cargó con la mudanza de su cuñado, asumió tareas en el consorcio que no le correspondían y dijo que sí a un compromiso familiar que la agotó. Le pregunté qué sintió cuando dijo que sí a cada una de esas cosas y me respondió, con una media sonrisa compungida, lo mismo que repite cada vez que hablamos del tema: "Es que si digo que no, se enojan". El cuerpo de Laura ya empezó a marcar lo que su palabra no dice, y ese es justamente el punto de partida de esta nota.
El tema de los límites atraviesa la vida cotidiana de miles de personas y tiene consecuencias concretas. Ansiedad, resentimiento acumulado y síntomas físicos como dolores e insomnio forman parte del cuadro de quien no puede decir que no. Pero también genera daño la postura opuesta: la de quien no tolera los límites ajenos y vive cualquier negativa como una ofensa personal. La buena noticia es que no se trata de un rasgo de carácter fijo, sino de algo que se construyó en la infancia y que, por lo tanto, puede trabajarse en cualquier momento de la vida.
Desde la primera infancia, el "no" ya está formando el psiquismo
El límite empieza a construirse en los primeros meses de vida, cuando el bebé todavía no dispone de las palabras para entender el mundo. En esa etapa necesita que alguien lo ponga por él porque, como señalan los especialistas, no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está, el "no" ante el peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. En otras palabras, el límite no se opone al amor; es una de sus formas más concretas.
Dos patrones opuestos que suelen aparecer cuando ese proceso falla
- Quien no puede poner límites: aprendió temprano que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De adulto acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y termina haciéndose cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula con el tiempo y un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico. El cuerpo, en muchos casos, empieza a marcar los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- Quien no tolera el límite ajeno: cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío personal. Esa postura, que a primera vista puede parecer fortaleza, en realidad responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las vacía.
Entre esos dos extremos existe un punto intermedio que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente, y eso asusta. Pero ese costo suele ser menor que el de seguir acumulando silencios, malestares y rencores que después se pagan en el cuerpo.
Un aprendizaje que se puede revisar, aunque duela
Lo más importante es que esta dificultad no es un rasgo inmodificable de la personalidad. Se construyó en un momento, y cuando no se construyó bien puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro, y también para aceptar un "no" sin tomarlo como un ataque. Es un trabajo que lleva tiempo y que duele, pero que cambia la manera de habitar las propias relaciones.
Antes de terminar, una pregunta que me dejó dando vueltas toda la semana y que quiero compartir con quienes llegaron hasta acá: en qué situaciones te cuesta más poner un límite, con desconocidos o con quienes más querés. Si te animás, contame tu experiencia por mail o por mensaje: las respuestas van a alimentar una segunda entrega donde la palabra la tengan ustedes y no solo esta columna.
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