Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Diario Quebrada

Diario Quebrada

Cuando el que escribe también dirige, el verbo se empantana

Aaron Sorkin vuelve al universo de Mark Zuckerberg con "El precio de la red", y la película confirma lo que varios directores ya venían avisando: cuando nadie lo frena, el diálogo se sobra a sí mismo.

IA
Iván AramayoCultura y patrimonio · · 3 min de lectura
Cuando el que escribe también dirige, el verbo se empantana

Salgo del cine con la sensación de que acabo de ver dos horas y pico de monólogos encadenados, y eso que uno se supone que va a un thriller sobre redes sociales, no a una clase de oratoria. El viernes a la noche, en la cola de la sala de Caballito, un pibe le explicaba a su amiga que iba "la nueva de La red social", y la amiga le respondió, muy suelta de cuerpo, que eso ya lo había visto. Algo de razón llevaba, porque "El precio de la red" arranca como secuela directa de aquella película de 2010 y termina pareciéndose más a un episodio estirado de "The Newsroom" que a un filme con urgencia propia. (Sigo pensando que la culpa no es del guión sino de quien lo dirige, pero ya llego a eso.)

Un guionista sin caja

Porque el problema de Aaron Sorkin como director no es nuevo. Lo aclaró él mismo sin querer cuando eligió a David Fincher para "La red social", a Danny Boyle para "Steve Jobs" y a Rob Reiner para "Algunos hombres buenos": los tres hicieron mejor trabajo que él con sus propios textos. "Molly's Game" tuvo una recepción correcta, pero sus películas siguientes confirmaron que, sin alguien que le diga "cortaste acá", Sorkin se desborda. Lo que funciona en una página subrayada con fibrón rojo se vuelve pesado en pantalla cuando nadie le marca el ritmo.

Acá no hay Fincher que valga. Sorkin se dirige a sí mismo y el resultado se nota: secuencias enteras existen porque suenan bien leídas en voz alta, no porque aporten algo a la trama. Los interiores están mal iluminados, algo llamativo si se piensa que el director de fotografía es el mismo de "La red social". El montaje va a los tropezones, sin esa tensión que uno espera cuando se habla de manipulación, de datos y de poder concentrado en una pantalla.

“Un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, en "El precio de la red"

La frase la dice un personaje secundario en una de esas escenas donde Sorkin más se nota, y lo peor es que parece escrita a propósito como propio. Es como esos chistes que cuentan los amigos del protagonista en un cumpleaños: si los pone él en su propio festejo, pierde la gracia. El film incluye, además, ecos de un proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin viene intentando levantar hace años sin éxito, y se nota en algunos diálogos que parecen ensayos para otra cosa.

Conclusión: sin red de contención

¿Sorkin funciona mejor con otro director? La respuesta, mirándola con perspectiva, me parece que sí. No porque sea mal guionista, todo lo contrario: pocos escriben diálogos tan filosos. Sino porque ese filo, sin quien lo use con bisturí, termina cortando al propio paciente. Esta película es, en el fondo, un experimento para ver qué pasa cuando el autor tiene control total: pasa que se nota. Y lo que se nota, en este caso, no es virtuoso. Es reiterativo.

Para el finde, si igual les tinca, pueden ir a verla comparándola con su antecesora de 2010, que sigue aguantando muy bien el paso del tiempo. O aprovechar para revisitar "Steve Jobs" con Danny Boyle en modo domingo a la tarde. La música la pongo yo: arranco con el primer disco de The National, que tiene esa melancolía justa para digerir películas que prometen más de lo que dan. Copla de cabecera la de esta semana: "dicen que la culpa la tiene el que escribe, pero yo digo que la tiene el que no lee".

IA
Iván AramayoCultura y patrimonio

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo