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Cuando el 'no' se vuelve el mejor regalo: por qué los límites en la crianza también son una forma de cuidar

Especialistas en crianza infantil coinciden en que poner reglas claras no equivale a autoritarismo, sino que resulta clave para que los más chicos aprendan a tolerar la frustración y a convivir con otros.

NS
Noelia SajamaComunidades y territorio · 27 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura
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Me acuerdo de la primera vez que le dije que no a mi hija sin pedirle permiso para volver a decirlo. Tenía cuatro años, estaba cansada yo, estaba cansada ella, y en el fondo sabía que si volvía a aflojar —una vez más, como tantas otras— le estaba transmitiendo algo que no quería transmitirle. Esa sensación, esa pelea interna entre evitar el conflicto y sostener lo que una piensa que es justo, es exactamente la que describen las especialistas que vienen hace años acompañando a familias argentinas en el laberinto de la crianza. La conversación que hoy parece tan instalada —casi como un mandato— convive con una pregunta de fondo que muchas mamás y muchos papás se hacen a la noche, cuando los chicos ya se durmieron: ¿estar poniendo un límite es cuidar, o es retroceder a un modelo viejo, autoritario, que muchos de nosotros recibimos de chicos y que juramos no repetir?

Cuando dialogar se vuelve negociar todo

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo dice sin rodeos: conversar no quita autoridad, al contrario. Para ella, lo que pone en jaque la palabra del adulto es justamente lo contrario, es decir, el miedo al berrinche, la tendencia a esquivar el conflicto a cualquier costo. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala la especialista, que hace años trabaja con familias en la Argentina y que se ha vuelto una referencia bastante citada cada vez que se habla de criar sin castigar pero también sin dejar la vara floja.

La confusión, justamente, es el campo donde mejor crecen los malentendidos. Si un día la hora de dormir es inamovible y al siguiente se estira porque el nene lloraba mucho; si la pantalla se termina a las nueve menos cuarto algunas noches y a las diez y media otras; si comer un caramelo antes del almuerzo depende del humor de la madre, los chicos no están aprendiendo una norma: están aprendiendo que la norma es un capricho del adulto, y eso los deja más inseguros, no más libres. Por eso Raschkovan insiste con algo que parece una obviedad y no lo es: hay cosas que se negocian en una familia —a qué hora se cena, qué película se mira, a qué parque se va el domingo— y hay cosas que directamente no se negocian, como la seguridad, el sueño o la alimentación.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La propia Raschkovan se ocupa de marcar la diferencia, porque en el ida y vuelta cotidiano muchas veces se usan las dos palabras como si fueran sinónimos. El autoritarismo, explica, es lisa y llanamente un abuso de poder, mientras que el respeto a niños y adolescentes no equivale en absoluto a dejarlos hacer lo que quieran. El respeto, dice, está en el buen trato, no en la ausencia de normas. La distinción no es nueva: ya en los años sesenta la psicóloga estadounidense Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen siendo citados en cuanta formación parental aparece, y que sirven para ubicarse, aunque ninguna familia encaje del todo en uno solo.

  • Estilo autoritario: reglas rígidas, muy poca escucha, mucha orden y poco afecto explícito. Tiende a producir chicos obedientes por miedo, pero con escasa autonomía y herramientas para resolver conflictos.
  • Estilo permisivo: predomina el afecto y la calidez, pero faltan límites claros. Suele confundirse con crianza moderna, aunque deja a los chicos sin referencias firmes para saber hasta dónde.
  • Estilo democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio entre firmeza y afecto.

La psicóloga Deborah Bellota, que también trabaja cotidianamente con familias, coincide en que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no terminan de poner los límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos, y ahí aparece un costo que no siempre se ve en el corto plazo. Esa dinámica, dice la especialista, puede favorecer la autoestima y la confianza, sí, pero también generar dificultades para autorregularse, una baja tolerancia a la frustración y, más adelante, cierta resistencia a las figuras de autoridad que aparecen inevitablemente afuera de la casa, en la escuela, en el club, en el primer trabajo.

“Los límites son una forma de cuidado. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de "Infancias respetadas"

Lo que Raschkovan describe suena hasta doméstico, y por eso mismo resulta tan importante. Esa capacidad de tolerar el no, de bancarse una espera, de entender que no todo se puede en el momento exacto en que se desea, no aparece de forma espontánea ni cae del cielo: se aprende, y se aprende sobre todo en la infancia, en ese territorio seguro que es la casa, donde un padre o una madre puede contener un enojo sin devolver un grito. Si un chico nunca se topa con el no dentro de un entorno amable, crece sin las herramientas emocionales necesarias para procesar las situaciones difíciles que indefectiblemente aparecen afuera, y el contraste entre el adentro y el afuera termina siendo un golpe que nadie le ayudó a amortiguar.

Bellota, por su parte, suele remarcar que el trabajo del adulto no termina cuando dice no, sino que empieza ahí, en lo que viene después. Lo que se pone en juego entonces no es solamente el cumplimiento de la norma, sino la calidad del vínculo, la posibilidad de que el chico entienda por qué ese límite existe, la apertura a hablar de lo que sintió, a validar la bronca sin que la bronca se transforme en abuso ni en manipulación. Cuando una familia logra mantener ese equilibrio —regla clara, afecto explícito, palabra que sostiene lo que dice— está criando chicos que probablemente van a saber poner sus propios límites de grandes, y que van a tolerar mejor los límites que les ponga la vida, que no son pocos ni amables.

NS
Noelia SajamaComunidades y territorio

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