Comer en pareja y la glucosa: lo que midió un ensayo con 108 adultos y por qué no alcanza para cambiar la dieta de nadie
Una investigación comparó la respuesta de 108 adultos al consumir la misma cantidad de carbohidratos solos y junto a sus parejas sentimentales. La glucosa subió menos cuando estaban acompañados, aunque el hallazgo no reemplaza tratamientos ni pautas de alimentación.

A mí me gusta empezar por la gente, porque un número solo no cuenta nada. En la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina, un equipo siguió durante meses a 108 adultos y a sus parejas, y registró qué pasaba con el azúcar en sangre después de una comida concreta. La pregunta fue simple: ¿cambia la respuesta del cuerpo cuando se come solo o cuando se come al lado de la persona con la que se convive? La respuesta que apareció, en la mayoría de los casos, fue que sí.
En criollo, los investigadores les dieron a los voluntarios 50 gramos de carbohidratos servidos en pan blanco, primero en una sesión a solas y después en otra sesión con la pareja al lado. La palabra homeostasis, que viene del griego y se usa mucho en medicina, nombra a la capacidad del cuerpo de mantener sus constantes estables frente a lo que pasa afuera, como la temperatura, la presión o, en este caso, la glucosa. Lo que ellos midieron es cómo trabaja esa homeostasis cuando hay una persona querida cerca.
Lo que midieron y cómo
Antes de comer y a los 15, 30, 45, 60, 90 y 120 minutos después, los investigadores pincharon el dedo de los voluntarios y midieron la glucosa en sangre, es decir, el nivel de azúcar circulando por el cuerpo. En la sesión compartida, esa curva subió menos que en la sesión a solas, dentro de la misma persona. Para que el dato sea serio, aclararon dos cosas: la diferencia se midió en el momento, no meses después, y el estudio no comprobó que comer acompañado prevenga la diabetes ni reemplace ningún tratamiento.
Y acá viene un detalle que me parece clave, porque en la nota fácil uno lo saltea: lo que bajó fue la excursión glucémica postprandial, o sea, la subida de azúcar después de comer, en la sesión con la pareja sentimental. Los autores aclararon que el experimento miró específicamente a la pareja y no a cualquier compañía, por lo que comer con un compañero de trabajo o con un amigo no quiere decir que el efecto sea igual.
El equipo, encabezado por la investigadora Guadalupe Gómez, del Laboratorio de Neurociencia Social y Afectiva, no se quedó en el plato. Hicieron tres ensayos paralelos: el de la comida con 108 adultos, uno de exposición al frío con 116 adultos, y uno de estrés social con 115 adultos, además de un cuarto con 56 bebés en los que se evaluó la presencia de la madre. En los tres primeros compararon a la persona sola contra la persona con su pareja al lado, y en el de los bebés, a la criatura sola contra la criatura con su mamá.
- En comida con carbohidratos: la glucosa subió menos cuando el adulto estaba con su pareja.
- En exposición al frío: la temperatura de la piel se mantuvo mejor en compañía de la pareja.
- En estrés social: el cortisol en saliva y la presión arterial se regularon mejor con la pareja al lado.
- En bebés: el llanto y la respuesta de estrés fueron menores cuando estaba la madre cerca.
Ahora bien, ¿qué significa todo esto para alguien que tiene diabetes o glucemia alta, que es un nivel de azúcar en sangre por encima de lo que se considera saludable? Los propios autores, y la Secretaría de Salud de la Nación argentina, coinciden en algo: este hallazgo es una pista, no una indicación médica. La guía oficial para personas con diabetes tipo 2, que es la forma más común, sigue recomendando plan de alimentación supervisado, actividad física, medicación si el médico la indica y controles periódicos de glucosa, entre otros puntos. Comer en pareja no es un sustituto de ninguna de esas patas.
“Lo que vimos es que la presencia de la pareja se asocia con una respuesta glucémica atenuada en el corto plazo, pero eso no quiere decir que comer acompañado cure ni reemplace a un tratamiento. Es un factor más, no el principal.”Guadalupe Gómez, investigadora del Laboratorio de Neurociencia Social y Afectiva de la Universidad Nacional de Rosario
A mí, como periodista, lo que más me interesa es aterrizar esto en la mesa de todos los días. Y acá aparece una pregunta que la propia comunidad científica se hace: cuánto dura el efecto cuando la comida es cotidiana y no un experimento de laboratorio, y si pasa lo mismo con hijos, padres, hermanos o amigos. La investigadora principal, Guadalupe Gómez, reconoció que hacen falta más estudios para responder eso, y que también hay que ver qué pasa con personas que viven solas o que comen con su pareja pero discuten todo el tiempo, porque el estrés de fondo puede cambiar la foto.
Por ahora, la recomendación para los lectores que me imagino de cuarenta a sesenta años, comiendo apurados entre turnos, es bien de pie en la tierra: si tenés diabetes o glucosa alterada, no cambies tu medicación ni tu dieta porque leíste esta nota. Lo que sí podés hacer, y acá sí me permito una opinión personal como Noelia Sajama, de Comunidades y territorio, es recuperar la costumbre de sentarse a comer con alguien que te importe, apagar el celular y masticar despacio, porque el cuerpo, según este estudio, registra más de lo que uno cree cuando hay un par de ojos conocidos al otro lado de la mesa.
La comunidad científica que llevó adelante el ensayo, y la gente que vive con diabetes, le piden a los medios que no se venda este tipo de hallazgo como una receta mágica. Lo que la ciencia pide es más investigación a largo plazo, con grupos más grandes y mediciones fuera del laboratorio. Y lo que la gente, en el fondo, viene pidiendo hace rato, es algo mucho más sencillo: que comer vuelva a ser un momento compartido, y no un trámite en soledad frente a una pantalla.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo



