Aquella vez que Miyazaki viajó a Suecia por una pelirroja y volvió con las manos vacías
Hayao Miyazaki soñó con llevar a Pippi Calzaslargas a la animación japonesa. Astrid Lindgren le dijo que no. Lo que quedó de aquel viaje, sin embargo, terminó colándose en clásicos del estudio Ghibli.

A veces la historia del cine se escribe con los planes que no salieron. Y esta es una de esas historias: la de un japonés muy joven, casi nadie todavía, que cruzó medio mundo para seducir a una escritora sueca con la idea de convertir a su personaje más famoso en dibujos animados. Ispoiler 1971. Hayao Miyazaki tenía treinta años, algunas películas en el lomo, un fracaso comercial reciente con Las aventuras de Hols, príncipe del sol y la sensación de que la animación japonesa podía ser algo más que producir episodios a la velocidad de la luz.
El contexto importa. Miyazaki y su socio Isao Takahata acababan de dejar Toei Animation y habían recalado en un estudio chico, A-Pro, donde el productor Yasuo Otsuka les prometía algo que en la televisión de la época escaseaba: tiempo, cuidado y un proyecto con vuelo propio. El elegido fue un libro que en Japón se conocía como Pippi Calzaslargas, la novela que la sueca Astrid Lindgren había publicado en 1945 y que ya era un fenómeno mundial: una nena de nueve años, pelirroja, con cola de caballo parada como una llamarada, más fuerte que un policía y dueña absoluta de su destino.
Una copla del norte y un viaje en barco
Miyazaki lo veía claro. Para él, adaptar a Pippi era la posibilidad de hacer algo que no fuera solo televisión. Para Takahata, los libros de Lindgren eran una punta de lanza contra esa costumbre europea de presentar a los chicos como personajes a los que hay que corregir. (Dicho sea de paso: cuánta razón tenían ambos.) El entusiasmo se tradujo en un gesto insólito para la época: Miyazaki viajó él mismo a Suecia para negociar los derechos con Lindgren, nada menos.
El periplo incluyó una parada en Visby, la ciudad medieval de la isla de Gotland. Los paisajes, la luz, las callejuelas empedradas y las muraderas se le grabaron. Años después el propio director contaría que esa primera recorrida por Europa le cambió la cabeza: fue ahí donde empezó a entender visualmente cómo podía contar un mundo ajeno sin traicionarlo.
“Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.”Hayao Miyazaki, en una entrevista recogida por los archivos del estudio
Pero Lindgren dijo que no. Y no lo dijo por capricho. Dos cosas le quemaban. Primero, la cineasta sueca que había llevado a su nena al cine en 1949 no le había gustado nada: la sentía demasiado edulcorada, domesticada. Segundo, Lindgren miraba con desconfianza la animación japonesa, a la que asociaba con una violencia que no era la suya. Para una autora que había escrito Pippi como un acto de rebeldía contra la literatura infantil obediente, la combinación le resultaba inaceptable.
Los bocetos que no se perdieron
Miyazaki volvió a Tokio con un archivo completo de bocetos, apuntes de producción y material de investigación sin destino. Pero los dibujantes no son personas que tiren ideas a la basura. Buena parte de ese trabajo se recicló casi de inmediato en Las aventuras de Panda y sus amigos, el mediometraje de 1972 que Takahata dirigió y Miyazaki escribió. La protagonista de ese filme se llama Mimiko: una nena traviesa, pelirroja, dueña de la escena, que comparte más de un rasgo con la Pippi soñada. Al año siguiente hubo secuela, y el personaje ya estaba rodando.
- 1971: Miyazaki viaja a Suecia para negociar con Astrid Lindgren los derechos de Pippi Calzaslargas y fracasa.
- 1972: aparece Las aventuras de Panda y sus amigos, con Mimiko, heredera directa de los bocetos suecos.
- 1989: dieciséis años después, Miyazaki reutiliza los paisajes de Visby como referencia visual para Nicky, la aprendiz de bruja.
La influencia del viaje, igual, no se agota en Mimiko. Dieciséis años más tarde, cuando Miyazaki prepara Nicky, la aprendiz de bruja, vuelve a esos paisajes nórdicos que le habían quedado en la memoria. Las callejas empedradas, las casas de madera, los muros antiguos que había visto en Gotland se filtran en la ambientación del filme. Lo que Lindgren no le dio a su personaje, se lo terminó dando, sin saberlo, a una aprendiz de bruja que vuela en escoba.
Moraleja, si la hay: en este oficio, una puerta cerrada rara vez cierra del todo. Lo que un día fue un proyecto frustrado se transforma, años después, en otro film, en otro gesto, en otra imagen. Miyazaki se fue de Suecia con las manos vacías y volvió con un cuaderno lleno. A veces, eso alcanza.
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